domingo, 26 de marzo de 2017

Dos textos para el Cuarto Domingo de Cuaresma

Bautizados, somos iluminados; iluminados somos hijos de Dios. Hijos de Dios, recibimos un don perfecto, y recibiendo un don perfecto, poseemos la inmortalidad…
Nosotros los bautizados, liberados del pecado cuya oscuridad obstaculizaba al Espíritu Santo, tenemos libre el ojo del espíritu, transparente, luminoso, y por él, vemos a Dios, siendo repartido el Espíritu Santo desde lo alto sobre nosotros.
Penetrados por este rayo eterno, podemos ver esta luz eterna. Pues lo semejante ama lo semejante, lo que es santo es amado por la fuente de toda santidad que es esencialmente Luz. Pues vosotros erais tinieblas, y ahora sois luz en el Señor.

                               [San Clemente de Alejandría, El Pedagogo, I, 6]

 
Tu luz me envuelve, ella me da la vida, oh Cristo mío,
pues tu mirada es fuente de vida,
tu mirada es resurrección.
Decir las operaciones de tu luz, es lo que sabría hacer,
y por lo tanto, lo que he conocido y conozco, Dios mío;
es esto que,  mismo en la enfermedad, Maestro,
mismo en las aflicciones  y  en las penas,
que sea retenido en los lazos, en el hambre, en la prisión,
que sea presa de los peores sufrimientos, oh Cristo mío,
tu luz brillando,
disipa todo esto como tinieblas y es en el reposo, la luz;
y el gozo de tu luz que me establece repentinamente en tu Espíritu divino.


      [Simeón el Nuevo Teólogo, Himnos t. III, 
Paris, Cerf, SourcesChrétiennes 196, 1973, p.185]

Textos seleccionados y traducidos por el P. Marcelo Maciel, osb

sábado, 25 de marzo de 2017

La antropología bíblica de la Regla de san Benito I

Presentamos a continuación la primera parte (de seis) de la traducción “casera” de un artículo de Bernard de Gerardon, osb. titulado: “Antropología bíblica de la Regla de S. Benito”, publicado en Collectanea Cisterciensia 41,2 (1979), pp. 121-140. Nuestro propósito es ayudar a reflexionar y profundizar en la espiritualidad monástica, por eso sugerimos leer cada fragmento con atención y teniendo a mano la Biblia y la Regla de san Benito.

Los que quieran profundizar en la temática pueden consultar también:
Pierre Mourlon Beernaert, El hombre en el lenguaje bíblico, Corazón, lengua y manos en la Biblia, Cuadernos Bíblicos 46, Verbo Divino, Navarra, 1988, y Cecilia Falcini, “La antropología monástica en la Regla de Benito”, CuadMon 148 (2004), pp. 21- 38; Monachesimo: un camino di unificazione, Qiqajon, Bose, 1986.


Antropología bíblica
La antropología de la Biblia discierne en el hombre tres niveles de vida: el de la interioridad, el de la comunicación, el de la realización exterior[1]. Los distingue y los une. Los textos los presentan simultáneamente en un croquis conjunto: “El enemigo tiene la dulzura en sus labios, mientras que en su corazón planea tirarte a la fosa” (Eclo 12,16). O también: “¿Una palabra no vale más que un rico regalo? El hombre amable une los dos” (Eclo 17,17). La disposición interior de la caridad se traduce en la palabra comunicada y en la ofrenda exterior de un obsequio.
La alusión a cada uno de los tres niveles, a menudo discreta al punto de pasar desapercibida, se hace manifiesta cuando surgen en la frase las palabras claves que llaman la atención: la palabra corazón acarreando el cortejo de sus actividades (los semitas atribuyen al corazón los pensamientos, los sentimientos, los deseos, los proyectos…); la palabra boca y sus sucedáneos (los labios, la lengua, la palabra, la llamada, el grito…), la palabra mano y sus derivados (el brazo, el dedo, la acción, el gesto…). Cada nivel tiene un correlativo que hace juego con el término clave y juega un rol equivalente. Así, al corazón corresponden los ojos, sin duda porque ellos lo alimentan con sus percepciones y, por otra parte reflejan su estado; la Biblia los junta gustosamente: “Mi corazón no es ambicioso ni mis ojos altaneros” (Sal 131,1). A la boca que habla le corresponden las orejas que escuchan. Las manos son correlativas a los pies.
En las descripciones que dan los autores bíblicos, los sustantivos no están más que para revelar la presencia de uno de los tres niveles. Los verbos y los adjetivos hacen también lo mismo. El versículo citado en primer lugar, después de haber mencionado los labios y el corazón, recurre a las formas verbales meditar y arrojar, el primer y el tercer nivel. Desde entonces, los términos  cuyo empleo señala la aparición de uno de los tres niveles se multiplican. En la red del corazón y de los ojos aparecen entonces los verbos pensar, imaginar, amar, querer, mirar, ver, etc., y los adjetivos amable, decidido y otros. A la boca y a las orejas hacen de séquito las palabras hablar, reír, gritar, escuchar, hablador, mudo, sordo, elocuente… Las manos y los pies se asocian a los verbos obrar, marchar, correr, detenerse y los adjetivos hábil, rápido…
La percepción de los tres niveles distintos no es suficiente para dar cuenta de la antropología bíblica. De hecho, el hombre de la Biblia manifiesta su vitalidad haciendo jugar a la vez los tres niveles, que están en él conjuntamente, conectados el uno con el otro. Piensa, ama, mira; y por consiguiente, o antes o al mismo tiempo, habla o escucha; y, más aún, obra. La unión de los tres términos está lejos de ser estricta, pero es una constante en los escritos bíblicos para que se la pueda considerar como típico de una mentalidad. Cuando dos términos de la tríada están solos en la superficie, se siente que el tercero está subyacente.
Tal es, visto bajo el ángulo particular del ejercicio de su vida concreta, el hombre que presenta la Biblia. Esta visión es importante. No es, por otra parte, propia de la Biblia, sino que pertenece al conjunto de la mentalidad semítica. Desde la tercera mitad del tercer milenio antes de Cristo, aparece ya, en efecto, en el documento de la teología menfita[2]. Parece hasta universal, ya que en todas las civilizaciones, ordena la estructura del pensamiento, del lenguaje y de la acción[3].
La cultura greco-latina ha dado un vuelco a esta corriente. Entregándose a un esfuerzo de reflexión y abstracción, ha ubicado al hombre en el cuadro del dualismo materia-espíritu definiéndolo como un compuesto de cuerpo y alma. Por este paso, propone una antropología de tipo abstracta, analítica y estática, mientras que la precedente era concreta, sintética y dinámica. Los dos puntos de vista tienen su valor. Se complementan sin contradecirse, el uno elevando la reflexión filosófica y el otro la experiencia vivida. Antes de filosofar explícitamente, los griegos, se situaron en la corriente general: ¿Su logos no era el lugar común donde se encontraban hasta llegar a coincidir la palabra expresiva, el objeto exterior tomado en su forma de idea subjetiva, dicho de otro modo los tres niveles del lenguaje, de la exterioridad y del corazón?
Un rasgo notable de la antropología semítica es su parentesco con la teología. Esto es sorprendente en la tradición hebraica. Si el hombre de la Biblia es la única creatura dotada de pensamiento, de palabra y de acción, es porque Yavhé, del que es imagen, tiene las mismas características: Él piensa, habla y actúa. Dios tiene un corazón, misterioso, invisible, impenetrable-más aún que el del hombre- y este corazón está lleno de amor, de proyectos, de ideas, de pensamientos. Al corazón de Dios está unida su mirada: “Mis ojos y mi corazón estarán allí siempre”, dice el Cronista a propósito del Templo. (2Cro 7,16). Lo que Dios piensa, lo dice: “La boca del Señor ha hablado”, proclaman a porfía los profetas, antes de que Cristo sea definido como la Palabra misma de Yavhé. Yahvé no solamente habla, sino que escucha: “Escucha, Señor, mi gemido”, grita el salmista, “que tu oído esté atento al clamor de mi plegaria” (Sal 130,1). Dios tiene un corazón y una mirada, una boca y una oreja; Él tiene también una mano para actuar, y Él marcha. Rige los destinos de Israel “con su mano poderosa y su brazo extendido” (Deut 5,15). Y marcha hacia su pueblo: “Preparen en el desierto un camino para Yavhé, tracen derecho en la estepa un camino para nuestro Dios” (Is 40,3)
En Dios, los tres niveles no hacen más que uno: Él ama toda su obra, ve todo, y lo que dice, lo hace. En el hombre, por el contrario, en quien el pecado ha introducido incoherencias, la unidad está siempre amenazada: “Un pecado de la lengua que no puso su corazón” (Eccli 19,16). “A ustedes, las mujeres, lo que su boca promete, es necesario que sus manos ejecuten” (Jer 44,25).
La Biblia no tiene la pretensión de develar el misterio interno de Yavhé, sino de revelar sus relaciones con la creación y con el hombre. Las relaciones entre Dios y el hombre se desarrollan en los tres niveles de vida que le son comunes y que se transforman en lugares privilegiados de su encuentro. Yavhé mira lo que hace el hombre y lo ama: “Él escruta los riñones y el corazón” (Sal 7,10). Escucha los cantos, los gritos, las llamadas del hombre, y habla al hombre, que escucha o no escucha. Actúa en favor del hombre, el cual ve sus obras y puede, conociéndolas y admirándolas, amarle en su corazón[4].
La antropología de la Regla de San Benito (RB), como los elementos de la teología que le son conexos, permanecen radicalmente fieles al modelo bíblico. La concurrencia al modelo helénico casi no afecta la visión del hombre que propone san Benito. Sus estudios romanos, bañados de la corriente cultural greco-latina, no lo han marcado tan profundamente como la práctica de la Biblia, a la que ha dedicado sus largos años de “escuela del servicio del Señor”. La vida monástica ha hecho de él, evidentemente un “hombre de Dios” más que un letrado, un espiritual más que un humanista o un filósofo.
La RB, por tributaria que sea de diversos autores anteriores, ha sido considerada durante los siglos, como la obra de San Benito, quien ha puesto en todo caso de manera magistral la última mano. Se renunciará, en este breve artículo, al interés y al beneficio que podría aportar un examen comparativo atribuido a san Benito mismo y a las fuentes que utiliza ampliamente. Éste se contentará con mostrar cómo la RB en su totalidad está impregnada de la tríada bíblica, no sólo en las numerosas frases del texto, sino sobre todo en el espíritu general que ordena el depósito monástico: un dinamismo procedente de Dios, llevándonos a Él, y pasando por los tres caminos coordenados de la lengua, del corazón, y de las manos.

Continuará

[1] Esta concepción bíblica del hombre está desarrollada en nuestro libro: El corazón, la lengua, las manos. Una visión del hombre, Paris, Desclèe De Brouwer, 1974, 200 pag. Sobretodo tener en cuenta las paginas 9-87. Un bosquejo del presente artículo ha aparecido bajo el título “La antropología de la Regla”, Lettre de Ligugè 141, 1973-3, pp.22-26.
[2] Este texto venerable que constituye sin duda el más viejo ensayo filosófico de la historia humana. Dice particularmente esto: “Este es él (corazón) que da todo conocimiento, es la lengua la que repite lo que el corazón ha pensado… Así son creados todos los trabajos y todo el arte, la actividad de las manos, la marcha de las piernas, el funcionamiento de todos los miembros, según el orden concebido el corazón y que es expresado por la lengua y que es ejecutado en todas las cosas” (Brice PARAIN, “Le pensèe prephilosophique en Egypte”, en Histoire de la Philosophie, Tomo 1, Enciclopedia de la Pleiade, Paris, 1969, p.7,).
[3] Cf. Le coeur, la langue… pp.88-190.
[4] El juego de estas interferencias, que forma el tejido de la Biblia entera, esta subrayado en el capítulo 17 del Eclesiástico.

miércoles, 22 de marzo de 2017

MEDITANDO LA ORACIÓN DE SAN EFRÉN EL SIRIO PARA LA SANTA CUARESMA (ÚLTIMA PARTE)


"Concédeme a mí tu siervo, espíritu de castidad, de humildad, de paciencia y de amor"
En cada petición, nos reconocemos "siervos", criaturas creadas de nuevo por un Soplo que asciende de lo más profundo de nosotros mismos. La oración no es una simple meditación; es encuentro, entrada en relación, "conversación", decían los antiguos monjes. Porque Dios nos habla a través de la Escritura, de los seres y de las cosas, de las situaciones de nuestra existencia y a través de su presencia con palabras de silencio, llenas de dulzura, toques de fuego en el corazón (y no palabrería inventada, impúdica e ilusoria). Sólo una oración así puede romper el círculo mágico de la filautía, del narcisismo metafísico, del espíritu de "dominio" y de suficiencia. Las "virtudes" que enumera la oración y que coexisten para unirse, se enraízan así en la fe. En ésta perspectiva, la "virtud" no es simplemente moral, sino que participa de la humanidad de Cristo, humanidad deificada donde las virtualidades de lo humano están plenamente realizadas por la unión con los nombres que reflejan.
Castidad está lejos de designar sólo la continencia, como desearía una acepción moralizadora y encogida; más bien evoca integración e integridad. El hombre casto no vive dislocado, arrastrado como una paja por las olas de un eros impersonal. El monje para quien la castidad significa continencia (aunque no toda continencia sea casta), consume su eros en el ágape, en el encuentro del Dios Vivo, infinitamente personal, en la inagotable admiración -primero dolor luego asombro- hacia el Crucificado vencedor de la muerte. A partir de ese momento puede encontrarse con los demás con una atención desinteresada, anciano-niño, "bello anciano" atraído por la no-separación crística.
La castidad para el hombre y la mujer que se aman con un amor noble y fiel es en Cristo unido a su Iglesia, en Dios que se desposa con la humanidad y con la tierra, a la luz de la uni-diversidad trinitaria, la transformación, -agápica también- de eros en un encuentro, en expresión de ternura y en recíproco descubrimiento. El niño, pequeño huésped desconocido, o el huésped inesperado o demasiado conocido, surgen siempre a tiempo para impedir que la pasión se encierre en ella misma en una parodia de absoluto.
Casta es una palabra, un pensamiento, una expresión que atraviesa, con toda franqueza y realismo la pureza fundamental, el respeto de los cuerpos, la unión de la vida en un misterio que la pacifica y unifica. La Biblia vomita el éxtasis impersonal de la prostitución sagrada;  en el "Cantar de los cantares" pone el acento en un encuentro deseado, perdido, encontrado, porque Dios es el "siempre buscado" decía Gregorio de Nisa, a partir de una humilde fidelidad, ya que Dios es el siempre fiel.
La "humildad" inscribe la fe en la existencia cotidiana. No poseo nada que no me haya sido dado. Precario, con frecuencia a punto de romperse, el hilo de mi existencia sólo se aguanta y se consolida gracias a la extraña voluntad de Otro. La humildad "es un don del mismo Dios y un don que procede de Él", dice San Juan Clímaco, "porque se dijo: aprended, no de un ángel ni de un hombre, sino de mí -de mí permaneciendo en vosotros, de iluminación y de mi actuación en vosotros- que soy manso y humilde de corazón, de pensamiento y de espíritu y vuestras almas encontrarán la paz en sus combates y el descanso de su pensamientos". Humilde es el publicano de la parábola que no pretende la virtud, él, el "colaborador" despreciado, y sólo cuenta con la misericordia de Dios; mientras que el fariseo, demasiado perfecto, seguro de él mismo, orgulloso de su virtud, no tiene sitio para él y para Dios en el mundo: él lo ocupa todo. El hombre humilde, al contrario, hace sitio, se abre a la gratuidad de la salvación, la acoge agradecido revistiendo su corazón con un vestido de fiesta.
Humildad -humus: no destrucción, sino fecundidad. La humildad es activa, labra la tierra, la prepara para que produzca el ciento por uno cuando haya pasado el Sembrador.
La humildad es una virtud que se ve en los demás, pero que es imposible de descubrir en uno mismo. Quien diga: soy humilde, será un pobre vanidoso. Se llega a ser humilde sin pretenderlo, por medio de la obediencia, el desprendimiento, el respeto del misterio en su gratuidad, la apertura, en definitiva, a la gracia.  Sobre todo, por el "temor de Dios", que no es el terror del esclavo ante un amo que castiga, sino el miedo inesperado a perder la vida en la ilusión, en la potencia del yo, en la ampulosidad de la nada de las "pasiones". El "temor de Dios" nos hace humildes, nos libra del temor del mundo -soy libre porque ya no tengo nada, dice un personaje del Primer Círculo de Soljenitsyn-, se transforma poco a poco en ese temor maravillado que proporciona todo gran amor. La humildad se expresa en la capacidad de atención a los demás, a las vetas de madera, al escorpión que encontramos en el peldaño de la escalera, incluso a esa nube efímera en un instante tan bello. La humildad permite la atención, la capacidad de "ver los secretos de la Gloria de Dios ocultos en los seres".
La humildad es el fundamento y la cima de las virtudes, invisibles a nuestros ojos. Es una especie de sensibilidad de todo el ser hacia la resurrección.
Aunque nada podamos saber de la inasequible humildad, podemos aprender mucho de la paciencia ante las humillaciones. Lo que buscamos en la abstinencia, lo hallaremos en la paciencia ante las inevitables vicisitudes y tragedias de la existencia, como dicen los monjes a los que permanecen en el mundo. La paciencia es, en efecto, un monacato interiorizado. Por lo tanto lo contrario del abatimiento que con tanta frecuencia procede del deseo, en cierto modo adolescente, de tenerlo todo lo antes posible (la paciencia condujo a Teresa de Lisieux a transfigurar esa impaciencia en exigencia de santidad). La paciencia confía en el tiempo. No sólo en el tiempo ordinario en el que la muerte tiene la última palabra, en el tiempo que desgasta, separa y destruye, sino también en el tiempo mezclado de eternidad que nos ofrece la Resurrección. El tiempo que conduce a la muerte es el de la angustia; el tiempo que conduce a la resurrección de la esperanza. De este modo, la paciencia está atenta a las maduraciones a veces paradójicas como la del grano que muere para dar fruto abundante. Sabe, en efecto, que las experiencias de muerte pueden convertirse en etapas, casi rupturas de nivel iniciáticas, que nos lanzan al pie de la cruz vivificante y hacen rebrotar en nosotros el agua viva del bautismo. Cuando parece que Dios se retira, cuando la mirada del otro me petrifica o se petrifica en la muerte, cuando se vienen abajo las esperanzas personales y colectivas, la paciencia confía. Está próxima a la caridad de la cual San Pablo nos dice que "Todo, lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (1Co 13,7).
Los padres evocaron con frecuencia la "paciencia de Job"; Dostoiesvky y Berdiaev, evocaron también la rebelión, no en el vacío sino en una especie de fe. Job rechaza las amables teodiceas de los teólogos de salón, pero sabe que Alguien le busca a través de la experiencia misma del mal.
El poeta tiene razón: "Cada átomo de silencio / es una oportunidad / de un fruto maduro".
Y todo culmina en el "amor" que es la síntesis de todas las "virtudes", cuya esencia es Cristo. Liberarse por medio de la paciencia y de la esperanza, de las "pasiones" impacientes y desesperadas, permite adquirir poco a poco la apatheia, que no es la impasibilidad estoica, sino la libertad interior y la participación del "amor loco" de Dios en sus criaturas.
Simeón el Nuevo Teólogo decía del hombre que se santifica que se convierte en "un pobre lleno de amor fraterno". Pobre, porque se desprende de sus papeles, de su importancia social (o eclesiástica), de sus personajes neuróticos, porque se abre simultáneamente a Dios y a los demás, sin separar oración y servicio. Entonces es cuando puede discernir la persona del prójimo, bajo las máscaras de fealdad y pecado, como lo hace Jesús en los evangelios, y así pacificar a quienes se odian y quisieran destruir el mundo.
La escena del juicio en el capítulo 25 de San Mateo, muestra que el ejercicio del amor activo -alimentar, acoger, vestir, albergar, curar, poner en libertad- no tiene necesidad alguna de hacer ondear la bandera de Dios, pues el hombre es para el hombre un sacramento de Cristo, "hombre-máximo". Un sacramento secreto y concreto.
Abba Antonio añade: "La vida y la muerte dependen de nuestro prójimo. En efecto, si nos ganamos a nuestro hermano, nos ganamos a Dios. Pero si escandalizamos a nuestro hermano, pecamos contra Cristo".
Isaac el Sirio decía: "Hermano, esto es lo que te mando: Que el peso de la compasión incline en ti la balanza hasta que experimentes en tu corazón la misma compasión que Dios siente por el mundo".

Señor Rey, concédeme poder ver mis pecados y no juzgar a mi hermano, porque tú eres bendito por los siglos de los siglos, Amén”
La última petición, denuncia y desenmascara una de las formas horribles del pecado, en el plano personal y en el colectivo: justificarse condenando, odiar, despreciar, descalificar con la buena conciencia del justo.
"Ver los propios pecados" obedece a la primera exhortación del Evangelio: "Arrepentíos porque ha llegado el Reino de Dios". Es cierto que con la aparición de la luz, las tinieblas se alejan de nosotros. El hombre que se descubre de esta manera, cuya inteligencia y corazón -identificados con la Biblia- se convierten , reconoce su error, la pérdida a la cual ha arrastrado a otros, la nada que le acecha,; incluso comienza a apoderarse de él, el abismo sobre el que ha lanzado unos tablones ridículos y rotos. Esta es la parte positiva del "recuerdo de la muerte" del que hablan los ascetas: poner al desnudo la angustia fundamental que rechazamos y que se manifiesta en el odio al hermano, en la frenética necesidad de juzgarle y en definitiva de condenarle. Pero si el "recuerdo de la muerte" se ve atravesado no ya por el ridículo sino por la fe, ésta descubre, de manera aún más profunda, a Cristo, el pecado, la muerte. No me siento juzgado, sino salvado, ya no juzgaré, sino que salvaré.
"Ver los propios pecados" no quiere decir contabilizar transgresiones sino sentirse asfixiado, ahogado, perdido y gesticular en vano por esa pérdida, traicionar al amor, burlándose de tanto como se desprecia. Es asfixiarse en las aguas de la muerte para que se conviertan en bautismales. Morir en Cristo para renacer con su aliento y hacer pie en la casa del Padre. "Vale más ver los propios pecados que resucitar a los muertos" dice un viejo adagio. Porque ver los propios pecados significa pasar por la más dura de las muertes, mientras que después del renacer "bautismal", la vida se multiplica sin que nos demos cuenta, porque nos convertimos en "pacificadores" de la existencia. Aunque sea preciso "verter la sangre del corazón", como decía el starets Silvano del Monte Athos, para zarandear ciertas negaciones, resquebrajar la piedra de algunos corazones y poder implorar la salvación universal.
Quien ve los propios pecados y no juzga a su hermano llega a ser capaz de amar de verdad. El hombre hecho a imagen de Dios, es secreto y amor, pero ese amor puede convertirse en odio. Respeto el secreto, no espero nada a cambio. Obtener el amor, es pura gracia.
Entonces hay que bendecir, intentando ser no un hombre de posesión -que posee y que es poseído-, sino alguien que hace el bien. Reciprocidad de la bendición es bendecir sin límites a Dios que nos bendice, bendecirlo todo en su luz, sin olvidar que la bendición, para que no se quede en "palabras vanas", ha de ir acompañada de buenas obras. Hay que hacer operante la bendición recibida en el fondo de uno mismo, someterse para siempre para que pueda crecer, para que se convierta en bendición.

La oración de San Efrén sugiere de manera clara lo que es la ascesis: ayunar, pero no tan sólo de alimento corporal, sino también de lo que embota el alma, para que no vivamos solamente de pan (de imágenes, de ruido, de excitaciones) sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Ayunar de las pasiones, del deseo de dominar y de condenar para alcanzar la libertad de la que nos habla San Juan Clímaco: "Sé rey en tu corazón, reina en las alturas de la humildad, diciendo a la risa: ven, y que venga; a las dulces lágrimas: venid y que vengan, y al cuerpo, servidor en lugar de tirano: haz esto, y que lo haga".

Olivier Clément, Unidos en la oración, Narcea, Madrid, 1995.

sábado, 18 de marzo de 2017

CUARESMA TIEMPO DE ORACIÓN: LA LITURGIA DE LAS HORAS


I. Principios y normas generales de la Liturgia de las Horas, I. La oración de Cristo: Cristo intercesor ante el Padre
“3. Cuando vino para comunicar a los hombres la vida de Dios, el Verbo que procede del Padre como esplendor de su gloria, «el Sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza, Cristo Jesús, al tomar la naturaleza humana, introdujo en este exilio terrestre aquel himno que se canta perpetuamente en las moradas celestiales». Desde entonces, resuena en el corazón de Cristo la alabanza a Dios con palabras humanas de adoración, propiciación e intercesión: todo ello lo presenta al Padre, en nombre de los hombres y para bien de todos ellos, el que es príncipe de la nueva humanidad y mediador entre Dios y los hombres. 4. El Hijo de Dios, que es uno con el Padre, y que al entrar en el mundo dijo: «Ya estoy aquí para cumplir tu voluntad», se ha dignado ofrecernos ejemplos de su propia oración. En efecto, los evangelios nos lo presentan muchísimas veces en oración: cuando el Padre revela su misión, antes del llamamiento de los apóstoles, cuando bendice a Dios en la multiplicación de los panes, en la transfiguración, cuando sana al sordo y mudo y cuando resucita a Lázaro, antes de requerir de Pedro su confesión cuando enseña a orar a los discípulos, cuando los discípulos regresan de la misión, cuando bendice a los niños, cuando ora por Pedro. Su actividad diaria estaba tan unida con la oración que incluso aparece fluyendo de la misma, como cuando se retiraba al desierto o al monte para orar, levantándose muy de mañana, o al anochecer, permaneciendo en oración hasta la madrugada. Tomó parte también, como fundadamente se sostiene, en las oraciones públicas, tanto en las sinagogas, donde entró en sábado, «como era su costumbre», como en el templo, al que llamó casa de oración, y en las oraciones privadas que los israelitas piadosos acostumbraban a recitar diariamente. También al comer dirigía a Dios las tradicionales bendiciones, como expresamente se narra cuando la multiplicación del pan, en la última Cena, en la comida de Emaús; de igual modo recitó el himno con los discípulos. Hasta el final de su vida, acercándose ya el momento de la pasión, en la última Cena, en la agonía y en la cruz, el divino maestro mostró que era la oración lo que le animaba en el ministerio mesiánico y en el tránsito pascual. En efecto, «Cristo, en los días de su vida mortal, habiendo elevado oraciones y súplicas con poderoso clamor y lágrimas hacia aquel que tenía poder para salvarlo de la muerte, fue escuchado en atención a su actitud reverente», y con la oblación perfecta del ara de la cruz «ha llevado para siempre a la perfección a los que ha santificado»; y después de resucitar de entre los muertos vive para siempre y ruega por nosotros”.

“Para Agustín los salmos son canciones del deseo, que encienden nuestro deseo de la patria celestial. Mientras cantamos los salmos nuestro deseo de Dios y de la plenitud eterna con Dios crece. Tal como los peregrinos en la noche cantan las canciones de su patria para ahuyentar su miedo, nosotros cantamos"' los salmos las canciones de amor de nuestra patria, para aquí en el extranjero estimular nuestro deseo de la patria verdadera. Al mismo tiempo, Agustín le da otra interpretación más a los salmos. Para él es Cristo el que en realidad reza los salmos. Cuando nosotros oramos con los salmos, los rezamos juntamente con Cristo. En cierto modo le prestamos a Cristo nuestra voz. A mi me ayuda esta idea a la hora de salmodiar. Me imagino cómo Jesús expresa en estos salmos sus experiencias con su Padre y con este mundo, cómo manifiesta su deseo de salir de este mundo hacia el Padre. Medito mientras rezo los salmos sobre las experiencias de Jesús e intento ver este mundo con sus ojos y observarlo y entenderlo a la luz de Dios. Mateo supone que Jesús en la cruz rezó el salmo 22. Cuando rezo este salmo con el Cristo crucificado, los versos me muestran otro sentido. Participo de la lucha de Jesús en la cruz, de su experiencia de sentirse abandonado, de su tormento, de su desesperación, y a la vez de su aferrarse a Dios y a su confianza profunda, que le hace decir colgado de la cruz: "Porque no miró con desprecio ni desdeñó al humilde; no le ocultó su rostro" (Sal 22,25ss)” (tomado de Anselm Grün, Las fuentes de la espiritualidad).

II. Regla de san Benito, cap. XIX: El modo de salmodiar
1 Creemos que Dios está presente en todas partes, y que "los ojos del Señor vigilan en todo lugar a buenos y malos" (Pr 15,3), 2 pero debemos creer esto sobre todo y sin la menor vacilación, cuando asistimos a la Obra de Dios.  3 Por tanto, acordémonos siempre de lo que dice el Profeta: "Sirvan al Señor con temor" (Sal 2,11). 4 Y otra vez: "Canten sabiamente" (Sal 46,8). 5 Y, "En presencia de los ángeles cantaré para ti" (Sal 137,1). 6 Consideremos, pues, cómo conviene estar en la presencia de la Divinidad y de sus ángeles, 7 y asistamos a la salmodia de tal modo que nuestra mente concuerde con nuestra voz”.

“San Bernardo haciéndose eco de la tradición monástica, ha expresado notablemente esta espiritualidad contemplativa del Oficio divino: “Ya que celebráis vuestras alabanzas mezcladas a los cantores celestiales en cuanto que conciudadanos de los santos y familiares de Dios, salmodiad con sabiduría. El alimento se saborea en la boca, igual que un salmo en el corazón. Sólo que el alma fiel y prudente no descuida de masticarlo con los dientes de la inteligencia pues si intentara tragarla de un bocado, sin masticarla, privaría a su paladar de un exquisito sabor, más dulce que la miel y que el panal de miel. Así como está la miel en la cera, así la experiencia de la dulzura de Dios está escondida en la letra. Indudablemente, la letra mata si se la traga sin el condimento del espíritu; pero si, con el Apóstol, salmodiáis con el espíritu, si salmodiáis con inteligencia, entonces conoceréis por vosotros mismos la verdad de esta palabra de Jesús: ‘Las palabras que os he dicho son espíritu y vida’ (Jn 6,64), y también lo que está escrito en el libro de la Sabiduría: ‘Mi espíritu es más dulce que la miel’ (Eclo 24,27). Así se deleitará vuestra alma en la abundancia, así vuestro holocausto, se volverá sabroso”. Por otra parte, el Abad de Clairvaux da estos consejos: “Si san Benito, nuestro Padre, ha dado el nombre de Obra de Dios al oficio de alabanza que celebramos cada día en el oratorio como solemne tributo rendido a Dios, quería muy bien señalar con ello qué atención debemos poner en ese acto. Os conjuro, muy amados, a participar siempre en el Oficio divino con un corazón puro y atento. Debéis aportar a la vez, presencia activa y respeto. No os acerquéis al Señor perezosamente con somnolencia, bostezando, mezquinando vuestras voces, no articulando sino a medias las palabras... Que vuestros acentos sean viriles como vuestros sentimientos, como conviene cuando se cantan textos inspirados por el Espíritu Santo. No penséis sino en el sentido de las palabras que cantáis. No basta con evitar los pensamientos vanos y fútiles, en ese momento y en ese lugar, descartad igualmente las preocupaciones a las que necesariamente deben atender, por el bien común, los hermanos encargados de una tarea. Hasta os aconsejaría apartar de vuestro espíritu en ese momento, aquello que hasta un instante antes, sentados en vuestras celdas, hubierais podido estar leyendo... Son pensamientos saludables, pero no es saludable estarles dando vueltas en la cabeza mientras se salmodia. El Espíritu Santo, en esas horas no quiere que se le ofrezca cosa alguna sino lo que allí corresponde, olvidándose de todo lo demás que se le adeuda” (tomado de Placido Deseille, ocso, “Guía espiritual”).

III. V. Raffa, “Liturgia de las Horas”, en NDL.
“El carácter horario de la LH se destaca no sólo por el hecho de que cada uno de los oficios está escalonado a lo largo del día, sino también por el contenido temático referido a las horas o a los misterios de la salvación vinculados históricamente a ellas.
1. LAUDES. Las laudes son una oración estrechamente vinculada, por tradición, ordenamiento explícito de la iglesia y contenido contextual, con el tiempo que cierra la noche y abre el día. Es la voz de la esposa, la iglesia, que se levanta para "cantar la alborada al esposo". La tradición histórica más avisada, al acuñar el nombre de laudes matutinas, oración de la mañana, pero sobre todo al colocarlas cronológicamente en el momento de la aurora, ha querido caracterizar este oficio inequívocamente como oración mañanera. La instrucción sobrela LH dice: "Las laudes matutinas están dirigidas y ordenadas a santificar la mañana, como salta a la vista en muchos de sus elementos" (OGLH 38). Efectivamente, muchas fórmulas de las laudes se refieren a la mañana, a la aurora, a la luz, a la salida del sol, al comienzo de la jornada. Se puede comprobar en los himnos ordinarios, en muchos salmos, antífonas, versículos, responsorios, invocaciones, oraciones y en el cántico Benedictus. Las laudes matutinas evocan la resurrección de Cristo, que se produjo al alba. Cantan a Cristo, sol naciente, luz que ilumina al mundo y que viene a "visitarnos de lo alto" y a guiarnos en todas las actividades de la jornada y en la peregrinación diurna. Las laudes recuerdan también la creación (mañana del cosmos) y el mandato que Dios dio al hombre de dominar el mundo junto con la orden de plasmar, con su actividad libre e inteligente, la historia (mañana o génesis de la humanidad). Las laudes son un sacrificium laudis también porque son un ofrecimiento de primicias, dedicación a Dios Padre de la jornada de trabajo, propósito de seguir una ruta precisa (la señalada por el evangelio), voluntad de comerciar con el talento precioso del tiempo. A la oración de laudes hay que reconocerle una acción sacramental, en el sentido de que constituye una súplica de toda la iglesia para pedir aquellos auxilios divinos que están en estrecha relación con su fin de santificación horaria y su función conmemorativa de los misterios de salvación. El espíritu característico de las laudes hay que tenerlo siempre presente para darse cuenta de que, si se cambia su colocación horaria precisa, se desfigura su fisonomía característica y se lesiona su sacramentalidad específica. La observación natural vale también para las vísperas, las demás horas diurnas y las completas.
2. VISPERAS. Las vísperas están íntimamente unidas a la tarde, que es al mismo tiempo conclusión del día y comienzo de la noche. En la división antigua, en uso entre los romanos, la vigilia vespertina (es decir, la tarde) era la primera de las cuatro partes de la noche: tarde, medianoche, canto del gallo, mañana. Llamaban Véspero también al astro luminoso de la tarde (Venus), que empieza a hacerse visible cuando caen las sombras. "Se celebran las vísperas por la tarde, cuando ya declina el día, en acción de gracias por cuanto se nos ha otorgado en la jornada y por cuanto hemos logrado realizar con acierto" (OGLH 39). La iglesia, al final de una jornada, pide también perdón a Dios por las manchas que pueden haber quitado blancura a su vestido inmaculado a causa de los pecados de sus hijos (cf oraciones vespertinas del lunes y jueves de la tercera semana). La oración de las vísperas conmemora el misterio de la cena del Señor (celebrado por la tarde) y recuerda la muerte de Cristo, con la que cerró su jornada terrena (OGLH 39). Las vísperas expresan la espera de la bienaventurada esperanza y de la llegada definitiva del reino de Dios, que se producirá al final del día cósmico. Tienen, por tanto, un sentido escatológico referido a la última venida de Cristo, que nos traerá la gracia de la luz eterna (OGLH 39). Las vísperas son el símbolo de los obreros de la viña eclesial, los cuales al final de su jornada se encuentran con el Amo divino para recibir el don liberal de su amor, más que la recompensa debida al trabajo (Mt 20,1-16). La iglesia, que ha sido acompañada por Cristo en su camino de la jornada, llegada a la última hora, le dice: "Quédate con nosotros porque es tarde" (Lc 24,29; cf oración de vísperas del lunes de la cuarta semana)…”.


“Me parece que son cuatro las partes de la oración que me toca describir y que hallo dispersas en las Escrituras, y a cuyo modelo debe cada cual reducir, como a un todo, su propia oración. Estas son las partes de la oración. Según la capacidad de cada cual, al principio y como en el exordio de la oración, hay que dar gloria a Dios, por Cristo coglorificado, en el Espíritu Santo coalabado. Después, cada cual debe situar la acción de gracias universal por los beneficios concedidos a la comunidad y luego las gracias recibidas de Dios. A la acción de gracias parece oportuno le suceda la dolida acusación ante Dios de sus propios pecados y la petición, en primer lugar, de la medicina que lo libere del hábito y de la inclinación al pecado, y luego, del perdón de los pecados cometidos. En cuarto lugar y después de la confesión me parece que ha de añadirse la súplica implorando los magníficos bienes celestiales tanto para sí mismo, como para toda la comunidad humana, para los familiares y para los amigos. Y por encima de todo esto, la oración debe finalizar por la glorificación de Dios, por Cristo, en el Espíritu Santo. Pues es justo que una oración que comenzó por la glorificación, con la glorificación termine, alabando y glorificando al Padre de todos, por Jesucristo, en el Espíritu Santo, a quien sea la gloria por los siglos” (Orígenes, Sobre la oración, ns. 31-33).

Textos usados en la charla "Introducción a la celebración de la Liturgia de las Horas" para los seminaristas del Introductorio, 14 de marzo de 2017.

miércoles, 15 de marzo de 2017

MEDITANDO LA ORACIÓN DE SAN EFRÉN EL SIRIO PARA LA SANTA CUARESMA (TERCERA PARTE)


Para profundizar en una segunda lectura[1]:

“Señor y dueño de mi vida”
“Señor” evoca el misterio inaccesible del “Dios más allá de Dios” hyperthéos. Ese Dios que no me resulta un extraño, me hace existir gracias a su Voluntad, anima mi barro con su Soplo, me llama y pide mi respuesta, se convierte por su encarnación en el “dueño de mi vida”. Él da sentido a mi vida, incluso y sobre todo cuando ese sentido se me va de las manos. “Dueño” aquí, a pesar de subrayar la transcendencia, no significa tirano sino Padre sacrificial y libertador que quiere adoptarme en su Hijo y respeta infinitamente mi libertad. Su Hijo encarnado, en quién está totalmente presente, nace en un establo, se deja asesinar por nuestra cruel libertad, resucita, pero sólo se revela a quienes le aman. Precisamente ese “dueño” crucificado es el dueño de la vida. Solamente Él puede liberar nuestra libertad y transfigurar con un soplo vivificante la oscura pasión de nuestras vidas. La grandeza de ese Rey consiste en hacerse nuestro siervo. “Estoy entre vosotros como el que sirve”.
Por lo tanto, mi relación con ese dueño no es de servidumbre, sino de confianza libre. Es el “dueño de mi vida” porque es fuente, porque la recibo de Él continuamente, porque es el que da y el que perdona, es decir que continúa dándonos con superabundancia un porvenir renovado. “Ve y no peques más”. Existo gracias a ese amor infinitamente discreto que me eleva sobre cualquier condicionamiento y necesidad, que se hace siervo para que quienes quieran ser sus siervos se conviertan en sus amigos. La ascesis que acentúa la Cuaresma será de auténtica liberación si se realiza en la dinámica de la fe. Y la fe, en primer lugar, es el riesgo de la confianza. En Ti, dueño de la vida que se revela en un rostro, pongo toda mi confianza. En tu Palabra, en tu Presencia ya que no eres un simple ejemplo, eres el no-separado que te conviertes en nuestro lugar, un lugar de no-muerte: “Venid a mí todos lo que estáis cargados y cansados y yo os aliviaré”. Reposar, ponerse por partida doble en lo divino y en lo humano. Eres un lugar para nosotros, huérfanos de la tierra natal, de costumbres sensatas, de civilizaciones ásperas y duras pero de silencio y lentitud, para nosotros nómadas sin poesía de las megápolis; eres el lugar de la vida, su dueño. En ese lugar, cavaremos las catacumbas de las que emergerán las catedrales del futuro.

“Aleja de mí el espíritu de pereza y de abatimiento, de dominio y de palabras vanas”
Hay un camino. Tú eres el camino. Pero hay obstáculos en ese camino que definen nuestra fundamental condición de pecado, esa que Jesús recordó a los que querían lapidar a la mujer adúltera.
La "pereza" no es la clinofilia d'Oblomov, la de las mañanas de vacaciones sino que significa el olvido, del que los ascetas dicen que es el "gigante del pecado". El olvido es la incapacidad de sorprenderse, de maravillarse, de ver. El no-despertar, una especie de sonambulismo, tanto el de la agitación como el de la inercia, sin otro criterio que el de la utilidad, la rentabilidad, la relación calidad precio. Es el ruido interior y exterior, que para unos será la agenda demasiado llena en la que cada momento se engrana con el siguiente y para otros, la agenda demasiado vacía, la violencia y las drogas blandas o duras. Es el no comprender que el otro existe de manera tan interior como yo, no pararse por nada, ni ante la emoción de una música o de una rosa y no dar gracias por nada porque tengo derecho a todo. Ignorar que todo se enraíza en el misterio y que el misterio habita en mí. Olvidara Dios y a la creación de Dios. No saberse aceptar como una criatura que tiene un destino infinito. Olvidar la muerte  y el posible sentido más allá de esa muerte; es una neurosis espiritual que nada tiene que ver con la sexualidad -que se convierte en un medio para olvidar- sino con el rechazo a la "luz de la vida" que da sentido al otro, al mínimo grano de polvo, a mí mismo.
Este olvido, que llega a ser colectivo, abre los caminos del horror. Entonces decimos que Dios no existe, se acentúa nuestra neurosis y los ángeles perversos de la nada invaden el escenario de la historia. Señor y dueño de mi vida, despiértame.
Esa "pereza", esa anestesia del todo el ser, su insensibilidad, la cerrazón del corazón, la exasperación del sexo, del intelecto, conduce al "abatimiento", a lo que los ascetas denominan "acedia", al hastío de la vida y a la desesperanza. ¿Para qué hacer nada?. Se da entonces la fascinación del suicidio, la burla universal. Estoy de vuelta de todo, todo me da igual, heme aquí cínico o adormecido. Muy viejo y sin espíritu de infancia.
También se puede poner los pies en polvorosa y huir con el espíritu de "dominio" y de las "palabras vanas". Necesitamos esclavos y enemigos, los inventamos, podemos incluso sacralizarlos, como lo mostró René Girard. Dominar es sentirse dios, tener enemigos es hacerlos responsables de la propia angustia. Torturar a otro, porque siempre es el que tiene la culpa, violar su cuerpo y quizás violar también su alma, tenerlo a nuestra merced, al borde del aniquilamiento, pero sin permitirle escapar con la muerte, es hacer la experiencia de una especie de omnipotencia, casi divina. En él, me odio como ser mortal. Pisoteándole, pisoteo mi propia muerte. Hemos conocido a reyes-dioses y a tiranos  divinizados, en el ejercicio del poder se rodea de una aureola de sacralidad a la cual las naturalezas "feminoides", como las llamaba Proudhon, son particularmente sensibles.
Por eso los primeros cristianos, se negaban a decir al precio de su vida, que el César era Señor. Sólo Dios es Señor. Otros cristianos, en nuestro siglo, se han negado a adorar la raza o la clase y lo han pagado caro. Al recordar que hay que dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, Cristo exorcizó la sacralidad del dominio. A través de los siglos, los cristianos no siempre lo han hecho; por ejemplo, santificaron un emperador que había matado a su hijo y a su mujer, porque creían que había puesto el domino al servicio de Dios. Tenemos la esperanza, realizada a veces, de que un poder se convierte en servicio. Ilusión costosa casi siempre.
¿Hasta qué punto está contaminada la misma Iglesia por el espíritu de dominio?
En cuanto a las "palabras vanas", -la expresión es evangélica-, designan cualquier ejercicio del pensamiento y de la imaginación que se substrae del silencio, al asombro y a la angustia de ser, al misterio. Conciernen a cualquier aproximación al hombre que intenta explicarlo o reducirlo, ignorando en él lo inexplicable y lo irreductible, y a toda  aproximación a la creación que desprecie sus ritmos y su belleza. Apropiación y no emoción. Fantasmas de un arte que ya no quiere ser nupcial.
Pertenecemos a una civilización de "palabras vanas", de imágenes vanas, en la que necesidades hipertrofiadas, piratean de deseo, en la que el dinero modela los sueños, en la que la publicidad se convierte en lo opuesto a la ascesis, que es la disminución voluntaria de las necesidades para compartir y dejar libre el deseo. Sin embargo, en espera de una palabra de vida, calibrando su peso de silencio y de muerte desenmascarada, hay una palabra de resurrección.



[1] Olivier Clément, Unidos en la oración, Narcea, Madrid, 1995.

domingo, 12 de marzo de 2017

HOMILÍA DEL ABAD BENITO EN EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA 2017

Los invito a que veamos brevemente cómo los textos bíblicos de este domingo iluminan nuestro camino cuaresmal hacia la Pascua.
En la primera lectura tenemos el conocido texto del Génesis sobre la vocación de Abrahán. Dios le da una orden: “Deja tu tierra y ve al país que te mostraré”; y una promesa: una nueva patria, una fecundidad extraordinaria y una bendición que llegará a ser universal, “Por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra”. Abrahán escucha y obedece.
La cuaresma nos exige escuchar. Dios nos irá hablando en estos cuarenta días; nos recordará cosas ya sabidas y nos dirá cosas nuevas.  La cuaresma nos exigirá dejar cosas, “conviértete” se nos dijo el miércoles de cenizas. La cuaresma nos promete cosas nuevas, la más importante la resurrección de Cristo y la nuestra en nuestro bautismo; las dos ya realizadas, pero que en cada Pascua se renuevan.
En la segunda lectura el autor de la segunda carta a Timoteo nos invita a tomar conciencia de que el camino cuaresmal no se hace como un ejercicio solitario sino comunitario y sobre todo como un camino que se hace con Jesús: “Comparte conmigo los sufrimientos que es necesario  padecer por el Evangelio”, “Era necesario que el Mesías padeciera”. Ese camino comunitario no es un esfuerzo humano sino que es Dios que nos anima con su fortaleza. Ese camino es una vocación, un llamado no fruto de nuestras obras sino iniciativa gratuita de Dios que la decretó desde toda la eternidad, y la concretizó con la manifestación de nuestro Salvador Jesucristo que destruyó la muerte e hizo brillar la VIDA.
El texto del evangelio ilumina en primer lugar la persona de Jesús. No podemos comprender y valorar el Misterio Pascual de Cristo, su muerte y resurrección si antes no captamos el misterio de su persona: hombre y Dios. Nuestro camino cuaresmal hacia la Pascua, evidentemente depende de la comprensión que tengamos de la persona de Jesús y del sentido de su muerte y resurrección. Mateo con su evangelio nos quiere llevar hasta esa comprensión.
Jesús verdadero hombre, capaz de sufrir y morir. Mateo lo dice clarito en los versículos inmediatamente anteriores al texto de hoy: el segundo anuncio de la pasión. Pero también al nombrar a los tres testigos de la transfiguración, los mismos que lo acompañarán en la oración en el Huerto de los Olivos, nos insinúa que ellos son al mismo tiempo testigos de su humanidad y de su divinidad.
Jesús verdadero Dios; esto es lo que no entendían los apóstoles, esto es lo que tenemos que entender nosotros. San Mateo en el texto  de hoy, como lo hace a lo largo de su evangelio, presenta a Jesús con el telón de fondo de acontecimientos y palabras del AT. Hoy el telón de fondo es la subida de Moises al Monte y su encuentro con Dios del capítulo 24 del Éxodo. Elías también sube a la Montaña para encontrarse con Dios en una  situación humanamente desesperada. La resplandor de Yavhe es ahora el resplandor de Jesús en la transfiguración. Jesús ocupa el lugar de Dios porque es Dios.

En el Éxodo Dios desde la nube establece la alianza y la ley.  Aquí la voz de Dios desde la nube dice otra cosa: “Este es mi Hijo muy querido, en quién tengo puesta mi predilección, escúchenlo”. Ya después del bautismo, el Padre lo había proclamado Hijo e Hijo muy querido. Escuchar y obedecer era el mandato de Dios a su pueblo. El pueblo tenía que escuchar y obedecer la Ley. Ahora ante el mandato del Padre: “escúchenlo” desaparecen Moisés y Elías. Ya no hay que cumplir la ley sino aceptar la nueva interpretación de Jesús en el sermón de las Bienaventuranzas. Ya no hay ley sino Evangelio, Buena Noticia.

miércoles, 8 de marzo de 2017

MEDITANDO LA ORACIÓN DE SAN EFRÉN EL SIRIO PARA LA SANTA CUARESMA (SEGUNDA PARTE)


La castidad. Si no reducimos este término como muchas veces sucede equivocadamente a su acepción sexual, la castidad puede ser considerada como la contra-partida positiva de la pereza. La traducción exacta y completa del término griego “sofrosyni” y del ruso “tsélomondryié” debería ser “total integridad”. La pereza es ante todo dispersión, fraccionamiento de nuestra visión y de nuestra energía, incapacidad de ver el todo. Su contrario es, pues, precisamente la integridad. Si nosotros entendemos habitualmente por el término castidad la virtud opuesta a la depravación sexual, es que el carácter roto de nuestra existencia, no se manifiesta con mayor intensidad en ninguna otra parte como en el deseo sexual, esa disociación del cuerpo con la vida y el control del espíritu. Cristo restaura en nosotros la integridad y lo hace dándonos de nuevo la verdadera jerarquía de valores y llevándonos a Dios.
El primer fruto maravilloso de esta integridad o castidad es la humildad. Es por encima de todo la victoria de la verdad en nosotros, la eliminación de todas las mentiras en las que vivimos habitualmente. Sólo la humildad es capaz de verdad, capaz de ver y aceptar las cosas como son y de ver a Dios, su majestad, su bondad, y su amor en todo. Por ello se nos dice que Dios concede su gracia al humilde y resiste al soberbio.
La castidad y la humildad vienen seguidas de la paciencia. El hombre “natural” o “caído” es impaciente porque, estando ciego consigo mismo, está dispuesto a juzgar y a condenar a los demás. Teniendo una visión fragmentaria, incompleta y falsa de todas las cosas, lo juzga todo a partir de sus ideas y de sus gustos. Indiferente a todos, menos a él mismo, quiere que la vida de lo dé todo aquí mismo, ya.
La paciencia, por el contrario es una virtud verdaderamente divina. Dios es paciente no porque sea “indulgente” sino porque ve la profundidad de todo lo que existe, porque la realidad interna de las cosas que, en nuestra ceguera nosotros no vemos, está al descubierto delante de Él. Cuanto más nos acercamos a Dios, más pacientes nos hacemos y más reflejamos ese respeto infinito por todos los seres que es la cualidad propia de Dios.
Finalmente la corona y el fruto de todas las virtudes, de todo crecimiento y de todo esfuerzo, es la caridad, este amor que como ya hemos dicho no puede ser dado más que por Dios, el don que es el objetivo de todo esfuerzo espiritual, de toda preparación y de toda ascesis.
Todo esto se encuentra reunido en la petición que concluye la oración de Cuaresma y en la que pedimos: “ver mis propias faltas y no condenar a mi hermano”. Porque, finalmente, no hay más que un peligro: el del orgullo. Por tanto, no me basta ver mis propias faltas, porque incluso esta aparente virtud puede volverse orgullo. Los escritos espirituales están llenos de normas contra las formas sutiles de una pseudo-piedad, que en realidad, bajo cobertura de humildad y de autoacusación puede conducir a un orgullo verdaderamente diabólico: pero cuando nosotros “vemos nuestras propias faltas” y “no juzgamos a nuestros hermanos”, cuando en otros términos, castidad, humildad, paciencia y amor son una sola cosa en nosotros, entonces y solamente entonces, es destruido dentro de nosotros nuestro último enemigo, el orgullo.

Después de cada petición de la oración nos postramos. Este gesto no está reservado a la oración de San Efrén, mas constituye una de las características de toda oración litúrgica cuaresmal. Sin embargo, en esta oración su significado se entiende mejor. En la larga y difícil recuperación espiritual, la Iglesia no separa el alma del cuerpo. El hombre todo él se ha apartado de Dios en su caída; el hombre entero deberá ser restaurado; es todo el hombre quien debe volver a Dios. La catástrofe del pecado reside precisamente en la victoria de la carne –lo animal, lo irracional, la pasión en nosotros- sobre lo espiritual y lo divino. Pero el cuerpo es glorioso, el cuerpo es santo, tan santo que Dios mismo “se ha hecho carne”. La salvación y el arrepentimiento no son pues desprecio o negligencia del cuerpo, sino restauración de éste en su verdadera función como expresión de la vida del espíritu, como templo del alma humana que no tiene precio. El ascetismo cristiano es una lucha no contra el cuerpo sino en su favor. Por esta razón, todo el hombre –cuerpo y alma- se arrepiente. El cuerpo participa de la oración del alma, lo mismo que el alma reza por el cuerpo. Las postraciones, signos psicosomáticos del arrepentimiento y de la humildad, de la adoración y de la obediencia, son pues el rito cuaresmal por excelencia.
Alexandre Schmeman, La Gran Cuaresma, Framonpaz, 1986.