miércoles, 21 de febrero de 2018

LA CUARESMA TIEMPO DE CIRCUNCIDAR EL CORAZÓN


2. La circuncisón en los libros históricos


Jos 5,2-12
La circuncisión de los israelitas en Guilgal La celebración de la Pascua. La aparición del jefe del ejército del Señor 2 En aquel tiempo, el Señor dijo a Josué: «Fabrícate unos cuchillos de piedra y vuelve a circuncidar a los israelitas». 3 Josué hizo entonces unos cuchillos de piedra y circuncidó a los israelitas en la Colina de los Prepucios. 4 Los circuncidó por el siguiente motivo: toda la población que había salido de Egipto, los varones aptos para la guerra, habían muerto en el desierto durante la travesía, después de la salida de Egipto. 5 Ahora bien, los que habían salido estaban circuncidados; pero los nacidos después de la salida de Egipto, durante la travesía del desierto, no lo estaban. 6 Porque los israelitas anduvieron por el desierto durante cuarenta años, o sea, el tiempo suficiente para que desapareciera la nación entera, con los hombres aptos para la guerra que habían salido de Egipto. Como ellos no escucharon la voz del Señor, el Señor juró que no les dejaría ver la tierra que había prometido darnos, de acuerdo con el juramento que hizo a nuestros padres, esa tierra que mana leche y miel. 7 Pero en lugar de ellos suscitó a sus hijos; y fue a estos a los que circuncidó Josué, ya que estaban incircuncisos porque no los habían circuncidado durante la travesía. 8 Cuando todo el pueblo fue circuncidado, se quedaron descansando en el campamento hasta que se curaron. 9 Entonces el Señor dijo a Josué: «Hoy he quitado de encima de ustedes el oprobio de Egipto». Y aquel lugar se llamó Guilgal hasta el día de hoy. 10 Los israelitas acamparon en Guilgal, y el catorce del mes, por la tarde, celebraron la Pascua en la llanura de Jericó. 11 Al día siguiente de la Pascua, comieron de los productos del país –pan sin levadura y granos tostados– ese mismo día.

12 El maná dejó de caer al día siguiente, cuando comieron los productos del país. Ya no hubo más maná para los israelitas, y aquel año comieron los frutos de la tierra de Canaán.



1 Mac 1, 10-15

10 De ellos surgió un vástago perverso, Antíoco Epífanes, hijo de Antíoco, que había estado en Roma como rehén y subió al trono el año ciento treinta y siete del Imperio griego. 11 Fue entonces cuando apareció en Israel un grupo de renegados que sedujeron a muchos, diciendo: «Hagamos una alianza con las naciones vecinas, porque desde que nos separamos de ellas, nos han sobrevenido muchos males». 12 Esta propuesta fue bien recibida, 13 y algunos del pueblo fueron en seguida a ver al rey y este les dio autorización para seguir la costumbres de los paganos. 14 Ellos construyeron un gimnasio en Jerusalén al estilo de los paganos, 15 disimularon la marca de la circuncisión y, renegando de la santa alianza, se unieron a los paganos y se entregaron a toda clase de maldades.



1 Mac 1, 44-50.60-61

44 Además, el rey envió mensajeros a Jerusalén y a las ciudades de Judá, con la orden escrita de que adoptaran las costumbres extrañas al país: 45 los holocaustos, los sacrificios y las libaciones debían suprimirse en el Santuario; los sábados y los días festivos debían ser profanados; 46 el Santuario y las cosas santas debían ser mancillados; 47 debían erigirse altares, recintos sagrados y templos a los ídolos, sacrificando cerdos y otros animales impuros; 48 los niños no debían ser circuncidados y todos debían hacerse abominables a sí mismos con toda clase de impurezas y profanaciones, 49 olvidando así la Ley y cambiando todas las prácticas. 50 El que no obrara conforme a la orden del rey, debía morir.

60 A las mujeres que habían circuncidado a sus hijos se las mataba, conforme al decreto, 61 con sus criaturas colgadas al cuello. La misma suerte corrían sus familiares y todos los que habían intervenido en la circuncisión.



2 Mac, 6, 10

10 Dos mujeres fueron delatadas por haber circuncidado a sus hijos, y después de hacerlas pasear públicamente por la ciudad con sus niños colgados del pecho, las precipitaron desde lo alto de la muralla.



1 Mac 2, 45-46

45 Matatías y sus adeptos recorrieron el país, destruyendo altares, 46 y circuncidando por la fuerza a los niños incircuncisos que hallaron en el territorio de Israel.


 


3. La circuncisión en los profetas


Jr 4,1-4

1 Si quieres volver, Israel –oráculo del Señor– vuélvete a mí. Si apartas tus ídolos abominables, no tendrás que huir de mi presencia. 2 Si juras por la vida del Señor con lealtad, rectitud y justicia, entonces las naciones se bendecirán en él y en él se gloriarán. 3 Porque así habla el Señor a los hombres de Judá y a Jerusalén: Roturen el terreno baldío y no siembren entre espinas. 4 Circuncídense para el Señor y quiten el prepucio de sus corazones, hombres de Judá y habitantes de Jerusalén, no se que mi furor estalle como un fuego y queme, sin que nadie lo extinga, a causa de sus malas acciones.



Jr 6, 9-16

9 Así habla el Señor de los ejércitos: Rebusca como si fuera una viña al resto de Israel; vuelve a pasar tu mano como el vendimiador sobre los pámpanos. 10 ¿A quién hablar, a quién advertir para que escuchen? Sus oídos están incircuncisos, no pueden prestar atención; la palabra del Señor se ha convertido en un oprobio para ellos, ¡no la quieren! 11 –Yo estoy lleno del furor del Señor: estoy cansado de reprimirlo–. Derrámalo sobre el niño en la calle y sobre los grupos de los jóvenes, porque serán apresados el hombre y la mujer, el anciano y el que está cargado de años. 12 Sus casas pasarán a manos de otros, lo mismo que los campos y las mujeres, porque yo extenderé mi mano contra los habitantes del país –oráculo del Señor–. 13 Porque del más pequeño al más grande, todos están ávidos de ganancias, y desde el profeta hasta el sacerdote, no hacen otra cosa que engañar. 14 Ellos curan a la ligera el quebranto de mi pueblo, diciendo: «¡Paz, paz!», pero no hay paz. 15 ¿Se avergüenzan de la abominación que cometieron? ¡No, no sienten la menor vergüenza, no saben lo que es sonrojarse! Por eso, ellos caerán con los que caen, sucumbirán cuando tengan que dar cuenta, dice el Señor. 16 Así habla el Señor: Deténgase sobre los caminos y miren, pregunten a los senderos antiguos dónde está el buen camino, y vayan por él: así encontrarán tranquilidad para sus almas. Pero ellos dijeron: «¡No iremos!».



Jr 9, 22-25

22 Así habla el Señor: Que el sabio no se gloríe de su sabiduría, que el fuerte no se gloríe de su fuerza ni el rico se gloríe de su riqueza. 23 El que se gloría, que se gloríe de esto: de tener inteligencia y conocerme. Porque yo soy el Señor, el que practica la fidelidad, el derecho y la justicia sobre la tierra. Sí, es eso lo que me agrada, –oráculo del Señor – 24 Llegarán los días –oráculo del Señor– en que yo castigaré a todo circunciso que es un incircunciso: 25 a Egipto, a Judá, a Edom, a los amonitas, a Moab y a todos los «Sienes rapadas» que habitan en el desierto. Porque todas las naciones son incircuncisas, y toda la casa de Israel es incircuncisa de corazón.



Ez 32, 17-32

17 El Año duodécimo, el día quince del mes, la palabra del Señor me llegó en estos términos: 18 Hijo de hombre, entona un canto fúnebre sobre la multitud de Egipto y húndela, a ella y a las capitales de las naciones más ilustres, en las regiones más profundas, con los que bajan a la Fosa. 19 ¿Eres tú más privilegiado que otros? ¡Baja y acuéstate con los incircuncisos! 20 Ellos caerán entre las víctimas de la espada. Una espada está dispuesta: ¡arrastren a Egipto y a toda su multitud! 21 Entonces los más fuertes guerreros y sus ayudantes les dirán, desde el medio del Abismo: «¡Han bajado y yacen tendidos los incircuncisos, víctimas de la espada!». 22 Allí está Asiria con toda su asamblea en torno de su tumba, víctimas todos ellos, caídos bajo la espada. 23 Su tumba ha sido puesta en lo más hondo de la Fosa y su asamblea está en torno de su tumba: ¡son todos víctimas, los caídos bajo la espada, los que sembraban el terror por la tierra de los vivientes! 24 Allí está Elaín con toda su multitud en torno de su tumba, víctimas todos ellos, caídos bajo la espada: ¡son los que bajaron incircuncisos a las regiones profundas, los que expandían el terror por la tierra de los vivientes! Ahora cargan con su ignominia, junto con los que bajan a la Fosa. 25 Se le ha puesto un lecho en medio de las víctimas, con toda su multitud en torno de su tumba: son los incircuncisos, víctimas de la espada, porque sembraron el terror por la tierra de los vivientes, Ahora cargan con su ignominia junto con los que bajan a la Fosa, y han sido puestos en medio de las víctimas. 26 Allí están Mésec, Tubal y toda su multitud en torno de su tumba, todos incircuncisos, atravesados por al espada, porque expandieron el terror por la tierra de los vivientes. 27 Ellos no yacen con los héroes caídos antiguamente –con los que bajaron al Abismo con sus armas de guerra, con sus espadas debajo de sus cabezas y sus escudos sobre sus restos– porque el terror de los héroes reinaba en la tierra de los vivientes. 28 Tú, en cambio, yacerás en medio de los incircuncisos, con las víctimas de la espada. 29 Allí está Edom, con sus reyes y todos sus príncipes que, a pesar de su poderío, fueron puestos entre las víctimas de la espada. Ellos yacen entre los incircuncisos, entre los que bajaron a la fosa. 30 Allí están todos los príncipes del Norte y todos los sidonios, que bajaron avergonzados junto con las víctimas, a pesar del terror que inspiraba su bravura, Yacen incircuncisos entre las víctimas de la espada, y cargan con su ignominia junto con los que bajan a la Fosa. 31 El Faraón los verá y se consolará a la vista de toda esa multitud. El Faraón y todo su ejército serán víctimas de la espada –oráculo del Señor–. 32 Sí, yo dejé que sembrara el terror en la tierra de los vivientes, pero yacerá en medio de los incircuncisos, junto con las víctimas de la espada, el Faraón y toda su multitud –oráculo del Señor–.



Ez 31, 15-18

15 Así habla el Señor: Cuando el cedro de precipitó en el Abismo, yo hice que el océano subterráneo estuviera de duelo a causa de él: lo cerré, contuve sus ríos, y las grandes aguas quedaron detenidas. Vestí de luto al Líbano por causa de él, y todos los árboles del campo languidecieron. 16 Hice temblar a las naciones por el estruendo de su caída, cuando lo precipité en el Abismo, con los que bajan a la Fosa. En las regiones subterráneas se consolaron todos los árboles de Edén, lo más selecto y lo mejor del Líbano, todos los árboles bien regados. 17 También ellos, los que lo auxiliaban y vivían a su sombra en medio de las naciones, bajaron con él al Abismo, donde están las víctimas de la espada. 18 ¡A quién te asemejabas en gloria y en grandeza, entre los árboles de Edén? ¡Y sin embargo has sido precipitado a las regiones subterráneas, con los árboles de Edén! Ahí estás tendido, en medio de incircuncisos, con las víctimas de la espada. Este es el Faraón y todos sus súbditos –oráculo del Señor–.



Ez 44, 5-9

5 El Señor me dijo: Presta atención, hijo de hombre; mira bien, y escucha cuidadosamente lo que te voy a decir acerca de todas las prescripciones concernientes a la Casa del Señor y a todo su ritual. Ten bien en cuenta quiénes podrán ser admitidos en la Casa del Señor y quiénes deberán ser excluidos del Santuario. 6 Tú dirás a esos rebeldes, al pueblo de Israel: Así habla el Señor: ¡Basta ya, pueblo de Israel, de todas las abominaciones que ustedes han cometido, 7 introduciendo gente extranjera, de corazón y cuerpo incircuncisos, para que estuvieran en mi Santuario y profanaran mi Casa, mientras ustedes me ofrecían grasa y sangre como alimento! Así ustedes, con todas sus abominaciones, quebrantaron mi alianza. 8 No se encargaron ustedes mismos de ejercer mi sagrado ministerio, sino que pusieron a esa gente para que lo ejerciera en lugar de ustedes, en mi propio Santuario. 9 Por eso, así habla el Señor: Ningún extranjero, de corazón y cuerpo incircuncisos, ninguno de los extranjeros que residen en medio de Israel, podrá entrar en mi Santuario.

sábado, 17 de febrero de 2018

LA CUARESMA TIEMPO DE CIRCUNCIDAR EL CORAZÓN

Bienaventurados los puros de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8).

El tema que nos ocupa y preocupa en esta Cuaresma es la pureza de corazón. Espontáneamente se lo relaciona con la sexualidad, con la virtud de la pureza, como equivalente positivo e interiorizado del sexto mandamiento: “No cometerás actos impuros”. Esta es la interpretación predominante a partir del siglo XIX hasta nuestros días, pero no siempre ha sido así.

En la Sagrada Escritura leemos: “¿Quién pude subir al monte del Señor? ¿Quién podrá estar en el recinto sacro? El de manos inocentes y puro corazón” (Sal 24, 3), en sentido exterior: ritual-cultual, no contaminado. También tiene un sentido interior: circuncisión del corazón[1] o en el Salmo: “Crea en mi, oh Dios, un corazón puro” (Sal 50, 12). En el Nuevo Testamento no se trata de una virtud particular, sino una cualidad que debe acompañar a todas las virtudes, para que no sean espléndidos vicios. La castidad (dominio de sí, templanza) ocupa su puesto, pero secundario. “Para los puros todo es puro, para los incrédulos contaminados nada es puro, porque tienen contaminada la mente y la conciencia” (Tt 1,15).

En los Padres la interpretación toma tres direcciones fundamentales: a) moral (rectitud de intención – Agustín de Hipona, continuada en Ignacio de Loyola); b) mística (visión de Dios – Gregorio de Nisa, continuada en Bernardo de Claraval, Buenaventura y los místicos renanos); y c) ascética (lucha contra las pasiones de la carne – en cierta forma Juan Crisóstomo, siglo XIX en adelante).

Recorremos en estos días un itinerario en etapas: bíblica, patrística y monástica hacia la circuncisión del corazón.



[1] Cf. Dt 10, 16, Jr 4, 4.


 

1. La circuncisión en el Pentateuco

Gn 17, 1-14: La circuncisión signo de la promesa-alianza

1 Cuando Abram tenía noventa y nueve años, el Señor se le apareció y le dijo: «Yo soy el Dios Todopoderoso. Camina en mi presencia y sé irreprochable. 2 Yo haré una alianza contigo, y te daré una descendencia muy numerosa». 3 Abram cayó con el rostro en tierra, mientras Dios le seguía diciendo: 4 «Esta será mi alianza contigo: tú serás el padre de una multitud de naciones. 5 Y ya no te llamarás más Abram: en adelante tu nombre será Abraham, para indicar que yo te he constituido padre de una multitud de naciones. 6 Te haré extraordinariamente fecundo: de ti suscitaré naciones, y de ti nacerán reyes. 7 Estableceré mi alianza contigo y con tu descendencia a través de las generaciones. Mi alianza será una alianza eterna, y así yo seré tu Dios y el de tus descendientes. 8 Yo te daré en posesión perpetua, a ti y a tus descendientes, toda la tierra de Canaán, esa tierra donde ahora resides como extranjero, y yo seré su Dios». 9 Después, Dios dijo a Abraham: «Tú, por tu parte, serás fiel a mi alianza; tú, y también tus descendientes, a lo largo de las generaciones. 10 Y esta es mi alianza con ustedes, a la que permanecerán fieles tú y tus descendientes; todos los varones deberán ser circuncidados. 11 Circuncidarán la carne de su prepucio, y ese será el signo de mi alianza con ustedes. 12 Al cumplir ocho días, serán circuncidados todos los varones de cada generación, tanto los nacidos en la casa como los que hayan sido comprados a un extranjero, a alguien que no es de tu sangre. 13 Sí, tanto los nacidos en tu casa como los que hayan sido comprados, serán circuncidados. Así ustedes llevarán grabada en su carne la señal de mi alianza eterna. 14 Y el incircunciso, aquel a quien no se haya cortado la carne de su prepucio, será excluido de su familia, porque ha quebrantado mi alianza».



Gn 34, 13-22: la circuncisón signo de pertenencia al pueblo-a la familia (Rapto y violación de Dina por Siquem)

13 Sin embargo, como su hermana había sido ultrajada, los hijos de Jacob resolvieron engañar a Siquem y a su padre Jamor, 14 diciéndoles: «No podemos hacer semejante cosa, porque sería para nosotros una vergüenza entregar nuestra hermana a un incircunciso. 15 Aceptaremos solamente con esta condición: que ustedes se hagan iguales a nosotros, circuncidando a todos sus varones. 16 Entonces podremos darles a nuestras hijas y casarnos con las de ustedes, vivir entre ustedes y formar un solo pueblo.

17 Si no llegan a un acuerdo con nosotros en lo que se refiere a la circuncisión, tomaremos a nuestra hermana y nos iremos». 18 La propuesta pareció razonable a Jamor y a su hijo Siquem, 19 y el joven no dudó un instante en satisfacer esa demanda, tanto era el cariño que sentía por la hija de Jacob. Además, él era el más respetado entre los miembros de su familia. 20 Entonces Jamor y su hijo Siquem se presentaron en la puerta de la ciudad, y hablaron a todos sus conciudadanos en los siguientes términos: 21 «Estos hombres son nuestros amigos. Dejen que se instalen en el país y que puedan recorrerlo libremente; aquí hay bastante espacio para ellos. Nosotros nos casaremos con sus hijas, y les daremos en cambio a las nuestras. 22 Pero esta gente accederá a permanecer con nosotros y a formar un solo pueblo, únicamente con esa condición: que todos nuestros varones se hagan circuncidar, igual que ellos. 23 ¿Acaso no van a ser nuestros su ganado, sus posesiones y todos sus animales? Pongámonos de acuerdo con ellos, y que se queden con nosotros». 24 Todos los que se reunían en la puerta de la ciudad accedieron a la propuesta de Jamor y de su hijo Siquem, y todos se hicieron circuncidar. 25 Al tercer día, cuando todavía estaban convalecientes, Simeón y Leví, dos de los hijos de Jacob, hermanos de Dina, empuñaron cada uno su espada, entraron en la ciudad sin encontrar ninguna resistencia, y mataron a todos los varones.



Ex 4, 24-26 La circuncisión del hijo de Moisés

24 Cuando hizo un alto en el camino para pasar la noche, el Señor lo atacó e intentó matarlo. 25 Pero Sipora tomó un cuchillo de piedra, cortó el prepucio de su hijo, y con él tocó los pies de Moisés diciendo: «Tú eres para mí un esposo de sangre». 26 Y el Señor se apartó de él. Ella había dicho: «esposo de sangre», a causa de la circuncisión.



Ex, 6, 11-12: incircunciso de lengua

11 «Preséntate al Faraón, el rey de Egipto, y dile que deje partir de su país a los israelitas».12 Moisés se excusó ante el Señor, diciendo: «Si los israelitas no quisieron escucharme, ¿cómo me va a escuchar el Faraón, a mí que no tengo facilidad de palabra?».



Ex 12, 43-51: La circuncisión y la liturgia (Otras prescripciones para la celebración de la Pascua)

43 El Señor dijo a Moisés y a Aarón: «Estas son las disposiciones relativas a la Pascua. No deberá comerla ningún extranjero. 44 En cambio, podrá hacerlo todo esclavo adquirido con dinero, con tal que antes lo hayas circuncidado. 45 Tampoco la comerán el huésped ni el mercenario. 46 Todos la comerán en una misma casa. No saques fuera de la casa ningún pedazo de carne y no quiebres los huesos de la víctima. 47 Toda la comunidad de Israel celebrará la Pascua. 48 Si un extranjero ha fijado su residencia junto a ti y quiere celebrar la Pascua en honor del Señor, antes deberán ser circuncidados todos los varones de su casa: sólo así podrá acercarse a celebrarla, porque será como el nacido en el país. Pero no la comerá ningún incircunciso. 49 La misma ley regirá para el nativo y para el extranjero que resida entre ustedes». 50 Así lo hicieron los israelitas, exactamente como el Señor lo había ordenado a Moisés. 51 Y aquel mismo día, el Señor hizo salir de Egipto a los israelitas, distribuidos en grupos.



Lv 12, 1-4 La purificación después del parto

1 El Señor dijo a Moisés: 2 Habla en estos términos a los israelitas: Cuando una mujer quede embarazada y dé a luz un varón, será impura durante siete días, como lo es en el tiempo de su menstruación. 3 Al octavo día será circuncidado el prepucio del niño, 4 pero ella deberá continuar purificándose de su sangre durante treinta y tres días más. No tocará ningún objeto consagrado ni irá al Santuario, antes de concluir el tiempo de su purificación.



Lv 19, 23-25 La circuncisión de los arboles

23 Cuando entren en la tierra y planten árboles frutales de todas clases, deberán considerar sus frutos como algo prohibido: durante tres años los dejarán incircuncisos, y no se los podrá comer. 24 Al cuarto año, todos sus frutos serán consagrados en una fiesta de alabanza al Señor. 25 Y sólo en el quinto año, podrán comer los fruto y almacenar el producto para provecho de ustedes mismos. Yo soy el señor, su Dios.



Lv 26, 40-41 Corazón incircunciso

40 Entonces confesarán las culpas, que ellos y sus padres cometieron por haberme sido infieles, y sobre todo, por haberse puesto contra mí. 41 Pero yo también me pondré contra ellos y los llevaré al país de sus enemigos. Así se humillará su corazón incircunciso y pagarán sus culpas.



Dt 10, 12-22 La circuncisón del corazón (La fidelidad al Señor)

12 Y ahora, Israel, esto es lo único que te pide el Señor, tu Dios: que lo temas y sigas todos sus caminos, que ames y sirvas al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma. 13 observando sus mandamientos y sus preceptos, que hoy te prescribo para tu bien. 14 Al Señor, tu Dios, pertenecen el cielo y lo más alto del cielo, la tierra y todo lo que hay en ella. 15 Sin embargo, sólo con tus padres se unió con lazos de amor, y después de ellos los eligió a ustedes, que son su descendencia, prefiriéndolos a todos los demás pueblos. 16 Por eso, circunciden sus corazones y no persistan en su obstinación, 17 Porque el Señor, su Dios, es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el Dios grande, valeroso y temible, que no hace acepción de personas ni se deja sobornar. 18 El hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al extranjero y le da ropa y alimento. 19 También ustedes amarán al extranjero, ya que han sido extranjeros en Egipto. 20 Teme al Señor, tu Dios, y sírvelo; vive unido a él y jura por su Nombre. 21 El es tu gloria y tu Dios, y él realizó en tu favor esas tremendas hazañas de que fuiste testigo. 22 Porque cuando tus padres bajaron a Egipto, eran apenas setenta personas, y ahora el Señor te ha hecho numeroso como las estrellas del cielo.



Dt 30, 1- 14 La conversión y el regreso a la patria

1 Cuando te sucedan todas estas cosas –la bendición y la maldición que he puesto delante de ti– si las meditas en tu corazón en medio de las naciones donde el Señor, tu Dios, y tú te habrá arrojado, 2 si te conviertes al Señor, tu Dios, y tus hijos le obedecen con todo su corazón y con toda su alma, exactamente como hoy te lo ordeno, 3 entonces el Señor, tu Dios, cambiará tu suerte y tendrá misericordia de ti. El te volverá a reunir de entre todos los pueblos por donde te había dispersado. 4 Aunque tus desterrados se encuentren en los confines del cielo, de allí el Señor, tu Dios, te volverá a reunir, de allí te tomará. 5 El te hará entrar en la tierra que poseyeron tus padres, y tú también la poseerás; y hará que seas más feliz y numeroso que tus padres. 6 El Señor, tu Dios, circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes, para que lo ames con todo tu corazón y con toda tu alma, y así tengas vida. 7 Y él hará caer todas estas maldiciones sobre tus enemigos y sobre los adversarios que te hayan perseguido. 8 Entonces tú escucharás de nuevo la voz del Señor y pondrás en práctica todos sus mandamientos, tal como hoy te los prescribo. 9 El Señor, tu Dios, te dará abundante prosperidad en todas tus empresas, en el fruto de tus entrarás, en las crías de tu ganado y en los productos de tu suelo. Porque el Señor volverá a complacerse en tu prosperidad, como antes se había complacido en la prosperidad de tus padres. 10 Todo esto te sucederá porque habrás escuchado la voz del Señor, tu Dios, y observado sus mandamientos y sus leyes, que están escritas en este libro de la Ley, después de haberte convertido al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma. 11 Este mandamiento que hoy te prescribo no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance. 12 No está en el cielo, para que digas: «¿Quién subirá por nosotros al cielo y lo traerá hasta aquí, de manera que podamos escucharlo y ponerlo en práctica? 13 Ni tampoco está más allá del mar, para que digas: «¿Quién cruzará por nosotros a la otra orilla y lo traerá hasta aquí, de manera que podamos escucharlo y ponerlo en práctica?» 14 No, la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la practiques.

miércoles, 14 de febrero de 2018

INICIO DE CUARESMA: UN TEXTO PARA RUMIAR JUNTOS





Ezequiel 14, 12-23. “La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos: Hijo de hombre, si un país peca contra mí cometiendo infidelidad, y yo extiendo mi mano contra él, destruyo su provisión de pan y envío contra él el hambre para extirpar de allí hombres y bestias, y en ese país se hallan estos tres hombres, Noé, Daniel y Job, ellos salvarán su vida por su justicia, oráculo del Señor Yahveh. Si yo suelto las bestias feroces contra ese país para privarle de sus hijos y convertirle en una desolación por donde nadie pase a causa de las bestias, y en ese país se hallan esos tres hombres: por mi vida, oráculo del Señor Yahveh, que ni hijos ni hijas podrán salvar; sólo se salvarán a sí mismos, pero el país quedará convertido en desolación. O bien, si yo hago venir contra ese país la espada, si digo: «Pase la espada por este país», y extirpo de él hombres y bestias, y esos tres hombres se hallan en ese país: por mi vida, oráculo del Señor Yahveh, que no podrán salvar ni hijos ni hijas; ellos solos se salvarán. O si envío la peste sobre ese país y derramo en sangre mi furor contra ellos, extirpando de él hombres y bestias, y en ese país se hallan Noé, Daniel y Job: por mi vida, oráculo del Señor Yahveh, que ni hijos ni hijas podrán salvar; sólo se salvarán a sí mismos por su justicia. Pues así dice el Señor Yahveh: Aun cuando yo mande contra Jerusalén mis cuatro terribles azotes: espada, hambre, bestias feroces y peste, para extirpar de ella hombres y bestias, he aquí que quedan en ella algunos supervivientes que han podido salir, hijos e hijas; y he aquí que salen hacia  vosotros, para que veáis su conducta y sus obras y os consoléis de la desgracia que yo he acarreado sobre  Jerusalén, de todo lo que he acarreado sobre ella. Ellos os consolarán cuando veáis su conducta y sus obras, y sabréis que no sin motivo hice yo todo lo que hice en ella, oráculo del Señor Yahveh”.


SAN BERNARDO DE CLARAVAL: SERMÓN A LOS ABADES

Noé, Daniel y Job cruzan el mar de tres modos distintos: en barca, por un puente y a nado.



Todos sabemos que hay tres clases de hombres que alcanzan la libertad cruzando, cada uno de un modo distinto, este mar inmenso, símbolo de esta vida llena de molestias y oleajes. Son Noé, Daniel y Job. El primero lo cruza en una nave, el segundo por un puente y el tercero nadando. Estos tres hombres representan tres estados de vida en la Iglesia: Noé dirigía el arca para no morir durante el diluvio. En él reconozco sin vacilar la misión de los que gobiernan la Iglesia. Daniel es el varón de deseos, entregado a la abstinencia y castidad: el prototipo de los que se consagran exclusivamente a Dios en la penitencia y continencia. Job administra sabiamente las riquezas del mundo en la vida matrimonial, representa al pueblo cristiano que posee honestamente los bienes terrenos.

Trataremos del primero y del segundo, porque tenemos aquí presentes a nuestros venerables hermanos y coabades que pertenecen a la jerarquía, y también se hallan algunos monjes, que viven en la condición de penitentes. Nosotros los abades no podemos olvidar que también pertenecemos a ese estado, a no ser que -Dios no lo permita-por los privilegios de nuestro ministerio olvidemos nuestra profesión.

No me entretengo en el tercero, es decir, los que viven en el matrimonio, porque apenas nos atañe a nosotros. Estos atraviesan el océano a nado, lanzados a una aventura llena de fatigas y peligros; y a una travesía inmensamente grande y desprovista de caminos. Es un viaje muy arduo, como lo vemos por tantos como lloramos por perdidos, y los muy pocos que llegan a la meta. Ciertamente, es muy difícil, sobre todo en estos tiempos invadidos de maldad, sortear las tormentas de los vicios y los abismos del pecado entre el oleaje del mundo.


El estado de los continentes lo cruza por un puente que es, como todos comprendemos, el camino más corto, fácil y seguro. Omito las alabanzas y me limito a indicar los peligros, que es mucho mejor y más provechoso.

Queridos hermanos: habéis tomado un camino muy recto y más seguro que el del matrimonio; pero no está plenamente garantizado. Os asechan tres peligros: compararos con otros, mirar hacia atrás o intentar detenerse y plantarse en medio del puente. Ese puente es tan estrecho que no permite hacer eso. El camino que lleva a la vida es muy angosto. Contra el primer peligro, oremos cada uno de nosotros como el Profeta, para que no nos domine el orgullo, porque ahí fracasan los malhechores. El que echa mano al arado y después mira atrás, resbalará muy pronto y se hundirá en el océano. El que se para, aunque no abandone la Orden, y finja deseos de seguir adelante, acabará siendo derribado y arroyado por los que vienen detrás. El sendero es muy estrecho, y ese tal es un estorbo para los que quieren caminar y avanzar. Discuten continuamente con él, le reprenden, no soportan su flojedad y tibieza; le aguijonean y empujan, por así decirlo, con sus manos; y una de dos: o se decide a caminar o se pierde sin remedio.

Por eso no nos conviene retardar el paso, y mucho menos aún fijarnos en los otros o compararnos con ellos. Corramos humildemente y avancemos sin cesar, no sea que perdamos de vista al que salió como un héroe a recorrer su camino. Si somos sensatos, procuraremos mirarle sin cesar, atraídos por su fragancia, y el camino se nos hará más ligero y agradable.

A pesar de ello los decididos a correr no encuentran demasiado estrecho este puente. Está formado de tres buenos troncos de madera, apoyándose bien en ellos no hay peligro de resbalar. Son la mortificación corporal, la pobreza de bienes de este mundo y la humilde obediencia. Ya sabemos que, es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios. Y que los que quieren enriquecerse en esta vida, caen en la tentación y en el lazo del diablo. Además, el que se apartó de Dios por la desobediencia puede volver a Él por el camino recto y seguro de la obediencia. Estas tres cosas deben estar muy ensambladas. Porque la penitencia corporal vacila envuelta en riquezas y si le falta la obediencia, puede caer fácilmente en la indiscreción. Una pobreza rodeada de placeres y egoísmo es pura ilusión. Una obediencia cubierta de riquezas y regalos no es sólida ni merece recompensa.

Pero si las practicas con un sabio equilibrio lograrás evitar los tres peligros de este mar: los bajos apetitos, los ojos insaciables y la arrogancia del dinero. Insisto en que deben practicarse con mucho equilibrio; es decir: la penitencia esté libre del mal humor, la pobreza sin ansias de poseer y la obediencia limpia de propia voluntad. Recordemos aquellos murmuradores que perecieron mordidos por las serpientes; y que los que quieren hacerse ricos -no dice los que son ricos, sino los que pretenden ser-, caen en el lazo del diablo.

Y qué diremos de aquel -Dios no lo permita- que desprecia las riquezas y busca los halagos de la pobreza con la misma pasión o mucho más afán con que los mundanos apetecen las riquezas. ¿Qué diferencia existe en desear una cosa u otra si el afecto está desordenado? Incluso parece más lógico hacer objeto de nuestro deseo aquello que atrae a la mayoría.

Por eso, todo el que intenta conseguir directa o indirectamente, que su padre espiritual le mande lo que él quiere, se engaña a sí mismo si presume de ser obediente. En este caso no es él quien obedece al superior, sino el superior a él.

Pero recodemos aquel consejo del Salvador: la medida que uséis la usarán con vosotros. Por eso el que da a manos llenas merece que le devuelvan una medida generosa, colmada, remecida y rebosante. Cierto, para la salvación basta llevar con paciencia las molestias corporales; pero lo ideal es abrazarse gustosamente a ellas con fervor de espíritu. También podemos contentarnos con no buscar lo superfluo e incluso no murmurar cuando nos falta lo necesario; pero es mucho más perfecto alegrarse y hacer todo lo posible para que el prójimo tenga lo necesario, aunque nosotros sintamos la penuria. Y también está permitido, sin poner en peligro la salvación, intentar que el superior te mande lo que tu deseas, con tal que actúes con paciencia y lealtad; pero lo superas con creces si huyes de todo cuanto alaga a la propia voluntad, siempre que esto lo permita una conciencia recta.

Los prelados son sin duda alguna, los que se internan en naves por el mar, comerciando por las aguas inmensas. No están condicionados por la estrechez del puente ni las fatigas del nadar, sino que pueden bogar en todas direcciones y acudir en ayuda de quien los necesite. Pueden dirigir a los que avanzan por el puente o nadando, orientar a los adelantados, prever y evitar los escollos, espolear a los tibios y animar a los débiles. Tan pronto suben al cielo como bajan al abismo, porque unas veces tratan cosas muy espirituales y otras juzgan acciones horribles e infernales.

¿Y habrá alguna nave capaz de resistir un oleaje tan embravecido y no zozobrar en medio de tantos peligros? Sí, el amor es fuerte como la muerte y la pasión es tan cruel como el abismo. Por eso se nos dice a renglón seguido que las aguas torrenciales no podrán apagar el amor. Los superiores necesitan esta nave, construida con esas tres paredes laterales que tienen todos los barcos, y que en frase de Pablo son el amor que brota de un corazón limpio, de una conciencia honrada y de una fe sentida (1 Tim 1,5). La pureza del corazón del prelado consiste en querer servir más que presidir. En el desempeño de su cargo no busque su interés ni los honores del mundo, o cosa parecida, sino agradar a Dios y salvar almas.

Además de esta intención pura necesita también una vida intachable; de este modo se convierte en modelo de su grey, porque enseña más con sus obras que con sus palabras, y según la regla de nuestro Maestro, cuando indique a sus discípulos que es nocivo, muéstreles con su conducta que no deben hacerlo. En caso contrario, el hermano a quien reprende podría murmurar y decir: Médico, cúrate a ti mismo. Dar pie para ello sería el desprestigio del superior y un daño enorme para los súbditos.

Y al hablar así yo no presumo de haber evitado siempre esto. Lo hago porque la Verdad nos recuerda con insistencia a mí y a todos que el superior debe ser irreprensible, y capaz siempre de responder como el Señor a quienes le injurian: ¿Quién de vosotros puede acusarme de algo? Nosotros no podemos liberarnos totalmente del pecado en esta vida miserable; pero lo que el maestro reprenda en sus discípulos debe evitarlo con suma diligencia.

En consecuencia, sus pensamientos más íntimos vayan acordes con sus costumbres. No aparezca humilde en su porte exterior y sea altivo en s corazón, presumiendo de sabiduría, virtud o santidad. Esto sería una fe fingida, porque no confía exclusivamente en la misericordia del Señor con una actitud humilde.

Fijaos qué bien concuerdan con estas tres cualidades -pureza de corazón, conciencia honrada y fe sentida- aquellas otras palabras del mismo Apóstol: A mí me importa muy poco que me exijáis cuentas vosotros o un tribunal humano, etc. Ni siquiera yo me las pido, sigue diciendo, porque la conciencia no me reprocha el que busco mis intereses, sino los de Jesucristo.

Tampoco me importa nada que vosotros me tengáis como hombre de conciencia honesta y vida intachable. Quien me pide cuentas es el Señor. Con lo cual afirma que sólo en él pone su confianza, y que se humilla ante la mano poderosa de Dios. Dime ahora si podemos comparar todo esto con aquella triple pregunta de Jesús a Pedro, y si no se reduce prácticamente a ¿me amas?, ¿me amas? En realidad se trata de un amor que le brota de un corazón limpio, de una conciencia honrada y de una fe sentida. Con razón se exige amor al que va en la barca, para convertirlo en pescador de hombres.

Trabajo personal:

-         ¿Te parece conveniente la enumeración de Bernardo o cambiarias algunos de los troncos de nuestro puente en El Siambón?

-         Identificados ya los mismos, evalúa sinceramente su condición, amenazas y ayudas tanto a nivel personal como comunitario.

-         Una propuesta doble de ofrenda cuaresmal: Silencio comunitario y Palabra personal.

domingo, 4 de febrero de 2018

Homilia del IV domingo del Tiempo Ordinario (Abad Edmundo)



Hemos traído en la procesión de entrada y colocado en el presbiterio un icono que fue bendecido ayer. Sobre un fondo de cielo y cerros al atardecer, dos hombres, ambos con un nimbo o aureola, en la misma postura, están frente a nosotros, mirándonos, es el icono de Cristo Salvador y Abba Mena, superior del monasterio de Bawit, que es conocido como Icono de la Amistad o del Buen Amigo.

El iconógrafo se ha esmerado en pintarlos semejantes, hermanos y compañeros de camino con los pies desnudos en lo cotidiano del desierto. Pero también ha plasmado diferencias: Cristo es aparentemente igual, pero su tamaño es superior, es Dios hecho hombre, es más alto, sus ojos son más grandes y abiertos y los tonos de sus vestidos más fuertes e intensos. Si bien el Abba es canoso, no es aún un venerable anciano, sino un discípulo que en su seguimiento va madurando en la fe. Cristo es más joven, eternamente joven, “enseña de una manera nueva llena de autoridad” (Mc 1,27), es portador de la novedosa sabiduría de Dios, que es él mismo y está contenida en un evangeliario, ricamente adornado (como el que depositamos sobre el altar), que porta en la mano izquierda, mientras que, con su derecha abraza al monje. Mena tiene en su mano izquierda un rollo y con la derecha a la vez que bendice, señala a Cristo y su Palabra.

La contemplación de este icono nos puede ayudar, en este cuarto domingo del tiempo durante el año, y en el que conmemoramos al sabio y casto Santo Tomás de Aquino, a meditar en el servicio-enseñanza con autoridad (primera lectura) y en la consagración célibe por el reino (segunda lectura), porque ambas se fundan, sostienen y orientan en la Amistad de Cristo y con Cristo.

“En nuestra iglesia -escribía el Hno Roger de Taize- se encuentra una copia de un icono copto del siglo VII. Muestra a Cristo poniendo su brazo sobre los hombros de un amigo... Por este gesto, toma sobre sí el peso, las faltas, toda la carga que pesa sobre el otro. No está frente a su amigo, sino que avanza a su lado, le acompaña. Este amigo… es cada uno de nosotros. En el siglo VII sabían ya que Cristo no viene a castigar al ser humano. Desciende hasta lo más bajo de la condición humana. No deja que repose sobre nosotros ni la más mínima parte de lo que nos abruma” (Pasión de una espera). El espíritu impuro, del que habla el Evangelio, nos engaña haciéndonos pensar que el Santo de Dios es nuestro enemigo, que ha venido a castigarnos por nuestras culpas y a acabar con nosotros. Al orar ante el icono el demonio enmudece, podemos aprender a mirar de otra manera, con corazón profundo, pensamientos aquietados y ojos bien abiertos.

En este abad canoso, podemos ver una imagen de nuestra secular tradición monástica, con colores de ocaso a sus espaldas, y también su propia historia, sus heridas, miedos y fracasos. Cristo no está por encima sino a su lado, en gesto profundamente amistoso, acompañándolo en el avance por el camino: “este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero” (1 Jn 4,10). El que ejerce un servicio de autoridad tiene que creer y experimentar en primer lugar esta presencia cordial que lo acompaña en su soledad, una mano en su hombro que lo respalda, un yugo suave y una carga liviana que le alivia del cansancio y agobio del cargo, que le comunica vida y le anima a avanzar, sin compararse con otros y sin mirar hacia atrás. Jesús regala con el don de su amistad, su vitalidad, su espíritu resucitado: “…tocándome con su mano derecha, me dijo –recuerda Juan-: «No temas: yo soy el Primero y el Ultimo, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y del Abismo“ (Ap 1, 17-18). Entrar en esta relación centrada en Cristo, y asumir su plan, suscita un sentido gozoso de vida nueva, una dilatación de la libertad y de la capacidad de ofrenda. Ser cristiano, ser monje, ser superior es entrar en este camino de amistad-identificación con Cristo.

En este caminar juntos, algo de Cristo “se le ha pegado” a Mena, por eso lleva un pequeño rollo, parte del Libro Sagrado apropiado en la liturgia y la lectio y que se ha convertido en norma de vida, regla monástica, mensaje para su comunidad, cumpliendo así la profecía: “…suscitare entre sus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca y el dirá todo lo que yo le ordene. Al que no escuche mis palabras, las que este profeta pronuncie en mi Nombre, Yo mismo le pediré cuenta” (Dt 18, 18-19). Cristo y Mena nos invitan a fijar los ojos y a inclinar los oídos del corazón hacia la Palabra, porque es ella la que vivida, celebrada y rumiada, da vida y poder a la enseñanza, por eso el Abba tiene las orejas bien paradas y San Benito indica que el abad: “Debe ser docto en la ley divina, para que sepa y tenga de dónde sacar cosas nuevas y viejas” (RB 64, 9). En cambio, el sordo y necio juicio propio, la voluntad de poder y la ideología, es decir, el pronunciar en nombre de Dios una palabra que no ha sido ordenada hablando en nombre de otros dioses, es la debilidad y la muerte de la autoridad y de la enseñanza.

Mena reprodujo con sus hermanos lo que había hecho Cristo con él, porque se identificó con él pudo ser la mano del Señor en el hombro de cada uno de los que el Señor le encargó, teniendo el mensaje y la mirada de Jesús para recorrer juntos el camino. Con Cristo y como Él caminó con paciencia atenta y cordial, adaptándose a cada temperamento, escuchó sin falsas pretensiones de superioridad, ofreció una palabra de vida que brotaba del silencio, corrigió con prudencia y caridad, y orientó sin imponer o suplantar. Es la amistad con Jesús interiorizada la que da vida y poder a la autoridad, haciéndola un servicio que “todo lo decida y disponga siempre de tal modo que los hermanos, progresando constantemente en el amor de Cristo y la caridad fraterna, corran, con el corazón dilatado, por el camino de los mandamientos” (Oración de la bendición abacial).

Y esta misma Amistad es la que nos hace obedientes: “Esta (obediencia sin demora) es la que conviene a aquellos que nada estiman tanto como a Cristo… Es que el amor los incita a avanzar hacia la vida eterna. Por eso toman el camino estrecho… andan bajo el juicio e imperio de otro, viven en los monasterios y desean que los gobierne un abad” (RB 5, 2,10-12).

Cristo y Mena son amigos y “cónyuges”. En medio del icono se puede ver una pequeña cruz-crismón que ilumina el espacio entre ambos. La relación entre Jesús y su amigo se caracteriza por el suave yugo de la cruz, signo de la nueva y eterna alianza, del amor fiel de Jesús, un amor que sigue diciendo “Sí”, incluso si decimos “no”. Es "suave", porque Jesús mismo se pone junto a nosotros bajo el yugo: lo carga junto con nosotros. El “no tengas miedo, yo estoy contigo” de Cristo suscita en Mena el “contigo y como tú”. Amigos que no se miran de frente, en una relación sentimental, intimista o cerrada, sino de costado, y fundamentalmente miran hacia adelante, los otros, el Reino, la Santidad, el Cielo, el Padre, esto hace que el Abba tenga un porte decidido, maduro y sereno, sin inquietudes ni ansiedades, con una mirada alerta y un corazón entero y puro, que solo se preocupa de las cosas del Señor, buscando cómo agradarlo, tratando con la ayuda de la gracia de ser santo en el cuerpo, entregándose totalmente a él.

La Amistad de Cristo y con Cristo sana y ordena los otros amores, ensancha nuestra capacidad de amar, dilata nuestro corazón y posibilita que las mareas altas de los sentimientos, emociones, deseos y afectos bajen pronto. Si no nos dejamos abrazar (con zeta, de brazo) y abrasar (con ese, de brasa) no podremos identificarnos con Cristo virgen-célibe-casto y por ende no podremos soportar la soledad, y el dolor de nuestra renuncia no transformará el ardor egoísta (el eros, el amor demanda-necesidad) en amor pastoral (en ágape, en amor don).

El icono nos hace orar: “Ponme la mano izquierda bajo la cabeza, y abrázame con la derecha” (Ct 1,6), porque “Tienes un brazo poderoso: fuerte es tu izquierda y alta tu derecha” (Sal 88, 14). Sostén nuestra cabeza en el servicio de la autoridad y la enseñanza con esa Palabra de Verdad que está en tu izquierda y abraza nuestro corazón con tu derecha para que con buen celo no antepongamos absolutamente nada, ni a nadie a ti y a tu amor. “Si somos sensatos –decía san Bernardo de Claraval-, procuraremos mirarle sin cesar, atraídos por su fragancia, y el camino se nos hará más ligero y agradable” (Sermón a los abades).

Este icono era venerado en el monasterio de Bawit. En sus orígenes fue el Abad Apolo quien desempeñó el servicio de autoridad, que según testimoniaron unos monjes huéspedes hablaba y actuaba así: “Nos abrazó. Nos hizo entrar y, después de haber rezado con nosotros y de habernos lavado los pies con sus propias manos, nos invitó a comer. Has visto a tu hermano, dice la escritura, Has visto al Señor, tu Dios”. La amistad de Cristo y con Cristo hace que el solitario sea solidario, que ame a todos con un mismo y único amor, porque descubre en todos la presencia de su Amigo.

Mena muestra a Cristo a la vez que bendice: lo muestra con una bendición, que refleja y transparenta al Señor. El Abba nos pone en referencia a Cristo, no a sí mismo, como diciéndonos: “nada absolutamente antepongan a Cristo” (RB 72, 11) ni a mí, en lo bueno o en lo malo. Al recibir el amor de Cristo, su bendito amigo es apto para bendecir a otros. Este es el movimiento esencial del Evangelio: dejarnos amar por Dios nos lleva, de manera natural a ser canales de bendición para los otros. El icono nos muestra una autoridad que sorprende porque nace del “amor que brota de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe sincera” (1 Tim 1,5), por eso sabe caminar dialogando, aumentando el buen deseo, liberando de demonios engañosos, despertando vida y haciendo crecer. Autoridad célibe y fecunda en la amistad y la paternidad, por eso San Benito quiere que el abad sea: “casto, sobrio y misericordioso,… no sea celoso… y trate de ser más amado que temido… ” (RB 64, 9.16.15).

El iconógrafo que representó a Cristo Salvador y a Abba Mena, plasmó con sus pinceles y pigmentos la experiencia espiritual de su monasterio. Cuando preparó la tabla en la que iba a realizar su obra, el cenobio de cuño pacomiano vivía una fase de vitalidad y esplendor. Los monjes llevaban trescientos años plasmando un icono con su propia vida, mostrando el rostro de Cristo Amigo a sus contemporáneos. De ese monasterio, como de tantos otros, hoy sólo quedan ruinas sepultadas bajo la arena o edificios alquilados. Pero el icono sigue siendo escrito hoy, venerado y vivido por monjes ortodoxos, católicos y reformados, porque Cristo Salvador que llamó a Abba Mena a seguirle y lo acompañó en su misión, en las dunas de los desiertos egipcios, llama, apoya y acompaña también hoy nuestra vida monástica en estos verdes cerros tucumanos.

En el icono podemos ver, como en un espejo, o mejor en una ventana, la calidad de relación y las actitudes evangélicas en el servicio de la autoridad y en la vivencia de la castidad, que pueden hacer de este anochecer nuestro, un tiempo de crecimiento y de este caminar, un encuentro de salvación tomando como guía el Evangelio, para identificarnos con Cristo Hijo, Cristo Orante, Cristo Obediente, Cristo Casto, Cristo Pobre, Cristo Hermano, Cristo Amigo, Cristo Maestro, Cristo Monje y Cristo Padre, a quien sea el honor, la alabanza y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

sábado, 3 de febrero de 2018

Homilía de Mons. Martín de Elizalde OSB Obispo emérito de Santo Domingo en Nueve de Julio en la bendición abacial del Rmo. Padre Pedro Edmundo Gómez, osb


El Siambón, 27 de enero de 2018


 

Lecturas: Prov 4,7-13; Hech 2,42-47; Lc 12,35-44



Excelencias, queridos hermanos en el episcopado,

querida comunidad del Monasterio Cristo Rey, con su Padre abad Pedro Edmundo,

hermanos monjes y monjas,

hermanos y hermanas:



Nos encontramos reunidos en esta celebración movidos por el afecto fraterno que nos liga a esta comunidad y a su recientemente elegido Padre Abad, presencia que está profundamente signada por la comunión eclesial, con el pastor de la diócesis, y por la fe que nos mantiene centrados en la Eucaristía y desde la cual la vida monástica es una manera de irradiación de la caridad –amor de Dios y de los hermanos. Este encuentro es una fiesta de la fe, y ella da sentido y le confiere un alcance que solo podremos apreciar situándonos en la verdad del misterio, en la plenitud de la vida de la Iglesia, donde hallamos la vocación que Dios señala a sus hijos, según los caminos del Evangelio. La vida monástica está en el corazón de la Iglesia, como una invitación dirigida a los hombres, no solo para quienes están llamados a la profesión monástica, sino como una palabra de vida, de salvación, de felicidad, de la cual todos pueden beneficiarse, como un trasunto del Evangelio.



1.



La celebración de hoy reúne tres condiciones: es la fiesta de una comunidad, que recibe, con el poder y el sello de la liturgia, a su nuevo abad; es la fiesta de un carisma, don de Cristo a su Iglesia; es la fiesta de la Iglesia, que vive en la respuesta de sus hijos, compartiendo los dones de la comunión.



Fiesta de la comunidad.

La primera de las lecturas elegidas para esta Eucaristía –Proverbios- nos ilumina en el estilo sapiencial, que san Benito adopta en el Prólogo de su Regla, asumiendo la catequesis que proviene de la Regla del Maestro, y recordando las dos vías del salmo 1, con la voz del padre que se dirige con amor sincero a su hijo. El capítulo del libro bíblico ya comienza con la misma admonición del Prólogo de la Santa Regla: “Escuchen, hijos, la instrucción del padre…”. Son palabras que invitan a disponer el corazón para la escucha atenta, y que nos indican una característica fundamental de la misión del abad. La segunda lectura, al describir la comunidad cristiana de Jerusalén, propone su ejemplo, que desde los orígenes los monjes se han esforzado por imitar: vida apostólica, según el modelo de los discípulos más cercanos del Señor, atentos a sus enseñanzas, asiduos a la comunión, a la fracción del pan y a la oración, compartiendo los bienes, ejerciendo la caridad, gozosos y perseverantes en la alabanza y en el servicio. El monasterio es el taller donde los hermanos trabajan con las herramientas del arte espiritual, sin la aflicción causada por el pecado pero con la alegría del buen celo, nada anteponiendo a Cristo, “que a todos nos conduzca a la vida eterna”. Esta disciplina es propuesta y alentada por el abad, como el hombre del Evangelio, a quien Jesús elogia, administrador fiel y prudente, solícito y vigilante, instruido en la ley divina, atento a la condición de cada hermano, más preocupado por ser de utilidad que por ejercer el mando, de modo que nadie sea perturbado ni afligido en la casa de Dios y disponiendo todo de manera que los fuertes deseen ardientemente ofrecer más y los débiles no se sientan abatidos.



Celebración del carisma

La Iglesia al incluir el rito de la bendición abacial en su liturgia nos enseña, a través de los signos sensibles que ella emplea, que la vida consagrada es un elemento esencial en la vida de la Iglesia, y pone de relieve las características del servicio abacial, pero en un doble contexto: la misión concreta del abad en su comunidad, siguiendo en todo la Regla que es maestra, como dice san Benito, y el aporte que la tradición monástica representa desde sus mismos orígenes para la Iglesia toda.



Las lecturas de la Eucaristía que celebramos son una clara ilustración de lo que debe ser y hacer el abad. Pero también, como en un espejo, hace patente y fortalece cuanto la Regla enseña, que el abad es un monje, que enseña más con hecho que con palabras, y que la comunidad, como una personalidad corporativa, al practicar los preceptos de Benito se pone al servicio de sus hermanos, para trasmitirles la verdad y alentarlos en su propio camino de fidelidad al Evangelio. Y el primer beneficiario es el mismo abad, que recibe el testimonio ejemplar de sus hermanos, y enseñando y orientando, se enmienda y mejora él mismo. Para la fraternidad monástica el abad no es solo un responsable, un guía, una cabeza que representa. Tiene, y produce impresión expresarlo, la misión de ser como Cristo, y la liturgia que celebramos se dirige con humildad suplicante a Dios para que el elegido pueda hacer sus veces, acercando a cada una de las almas que le han sido confiadas la suave amistad del Señor.



Comunión con la Iglesia

San Benito se refiere a la autoridad de la Iglesia de manera explícita en dos oportunidades: al reglamentar la salmodia y en el caso de dificultades en la gestión abacial. Ambas circunstancias tienen su profunda razón; baste señalar que se refieren, el primer caso, al opus Dei, al que nada debe anteponerse, porque en la alabanza divina está como la definición de la orientación hacia el Creador de la vocación monástica, y el segundo, trata de la corrección por la autoridad episcopal de prácticas que no son conformes al espíritu que debe animar a los monjes, porque ellas repercuten desfavorablemente en el Pueblo de Dios. Es que el monasterio, por su misión, tiene que acompañar a los fieles, y no puede faltar a este compromiso. Lo hace en comunión con los pastores, no con la suficiencia ni el orgullo de un privilegio, sino por la elección recibida, por la renovada fidelidad bautismal, por el alimento de la Palabra de Dios, por la constancia en la oración, por la tradición atesorada en dieciséis siglos de vida, por los ejemplos de los santos y la enseñanza de nuestros padres y formadores.



2.



Permítanme una breve reflexión sobre un pasaje de la vida de san Benito de Nursia, que refiere san Gregorio Magno en el segundo libro de los Diálogos (c. 35): anticipaba el santo el tiempo de la oración nocturna, solo, antes de las vigilias, cuando “vio una luz que descendía de lo alto, que apartaba las tinieblas de la noche. Era una luz que iluminaba con tal resplandor que superaba a la luz del día, aunque brillaba rodeada de oscuridad”. Contemplando este hecho extraordinario, según lo refirió él mismo, vio Benito al mundo entero, concentrado como en un solo rayo de sol, y tuvo la visión del alma del obispo Germán de Capua que era llevada al cielo. La pregunta del diácono Pedro, ingenuo y oportunamente curioso, ofrece a san Gregorio la ocasión para dar una explicación teológica: “En la luminosidad de la contemplación interior se expande la capacidad del alma”. En este episodio, Gregorio, doctor de la contemplación, muestra la relación entre la actitud orante del santo, y esa apreciación espiritual del mundo creado, ya que “para el alma que contempla a su Creador, toda creatura es siempre pequeña”. Y nos indica en qué consiste la contemplación: fruto de la oración, nos conduce a una forma de unión con Dios donde las limitaciones humanas son superadas por la dilatación –dice Gregorio- del alma del contemplativo, que le permite ver sin dificultad lo que es inferior y se encuentra debajo de Dios. Y concluye: “A esta luz exterior que brillaba ante sus ojos correspondía una luz interior en el alma que mostraba al espíritu del contemplativo cuan pequeñas son las cosas de este mundo, cuando ya ha sido llevado hacia las alturas”.



El testimonio que san Gregorio nos trasmite no se refiere a un hecho aislado, casi fortuito. Parece indicar más bien una característica de la espiritualidad benedictina: en el silencio y la quietud, la oscuridad cede ante la luz, lo visible ante lo invisible, lo material ante lo espiritual. Y en esta nuestra asamblea de hoy, cuando pedimos a Dios por la comunidad del Siambón y su nuevo abad, podemos incluir esta súplica a Dios Nuestro Señor, que el abad –todos nuestros abades- sepa infundir siempre en sus monjes, el deseo de contemplar a Dios, anticipando el encuentro con Él, y que nuestros monasterios ayuden a todos los hombres a descubrir estas realidades ocultas pero no invisibles, según el espíritu que nos legó san Benito. Desde la contemplación de Dios se puede encontrar la perspectiva verdadera para el conocimiento y el uso de todo lo creado, que recibe así su verdadera proporción. Y la proórción es la condición de la belleza, pues es bueno cuanto Dios ha hecho. Nuestro humilde servicio de monjes, en el seguimiento de Cristo según las enseñanzas de los Padres monásticos y practicando esta modesta regla de iniciación, cuyo texto va a recibir solemnemente el abad elegido, ojalá pueda contribuir con su mensaje a consolidar un verdadero humanismo.



3.



Finalmente, quiero recordar, con mucho afecto y ciertamente con emoción, al abad Benito Veronesi, con quien hemos compartido durante muchos años tareas y responsabilidades, con la alegría de sabernos en sintonía y con una respetuosa conciencia de las diferentes miradas que podíamos tener. El monasterio del Siambón tiene ya lo que para nuestras casas de la Argentina es una larga historia, cimentada con el fervor y la dedicación de sus abades con su ejemplo y perseverancia, -tenemos aquí al abad José- y de sus monjes. En esta historia la figura del Padre abad Benito tiene un relieve especial, que merece el agradecimiento de todos nosotros, y no sólo en su abadía, sino en la Iglesia y en la Congregación.



El P. Pedro Edmundo tiene en estos antecedentes un modelo y una ayuda. El puede aportar con su conocimiento y frecuentación de las grandes fuentes del pensamiento la convicción que la verdadera filosofía se refiere a la Sabiduría increada, para hacer que, por ella, los monjes bajo su guía, realicen la ascensión hasta el encuentro con la luz indeficiente. Quiera Dios que los tiempos nuevos concedan a nuestro monacato vivir esa plenitud de la vocación que nos propone san Benito en su Regla, y que nuestra generación no supo tal vez presentar ni realizar adecuadamente, pero que siempre deseamos encontrar. María, Madre de Dios, Reina de los monjes, interceda por el nuevo abad, acompañe siempre a la comunidad y nos obtenga a todos la protección divina.

La oración: “lucha cuerpo a cuerpo que se gana dejándose vencer” - Lectio de Génesis 32, 23-33 según una Catequesis de S. S. Benedicto XVI- (Última parte)



VII. La oración es una lucha



“Las explicaciones que la exégesis bíblica da con respecto a este fragmento son muchas; en particular los estudiosos reconocen aquí intentos y componentes literario de varios tipos, como también referencias a algún cuento popular. Pero cuando estos elementos son asumidos por los autores sagrados y englobados en el relato bíblico, cambian de significado y el texto se abre a dimensiones más amplias. El episodio de la lucha en el Yaboq se muestra al creyente como texto paradigmático en el que el pueblo de Israel habla de su propio origen y delinea los trazos de una relación especial entre Dios y el hombre. Por esto, como se afirma también en el Catecismo de la Iglesia Católica, «la tradición espiritual de la Iglesia ha visto en este relato el símbolo de la oración como combate de la fe y la victoria de la perseverancia» (nº 2573). El texto bíblico nos habla de la larga noche de la búsqueda de Dios, de la lucha para conocer el nombre y ver su rostro; es la noche de la oración que con tenacidad y perseverancia pide a Dios la bendición y un nombre nuevo, una nueva realidad fruto de conversión y de perdón”.



La escena impresiona a causa de los infinitos significados que anidan en un texto tan complejo y estratificado, y de los que como hemos visto se pueden hacer derivar de este episodio sin hacerle violencia. Algunos han pensado por ejemplo explicarlo como el “otro” sueño de Jacob, que sería “la pesadilla de Jacob”, por contraposición a Betel, pero se podría pensar que Penuel está misteriosamente en la base de Betel, como en la iluminación del final. Si bien hay un mito, que incluye un símbolo (ataque nocturno de un Dios y héroes que se apoderan de la fuerza divina), este es asumido y resignificado en la historia de la salvación para revelar el misterio de Dios y a su luz el del hombre.

Strack llama a este episodio “la lucha de oración de Jacob”, “la oración dramatizada”, otros la “entrada dramática en el misterio”. Toda oración es una lucha del hombre con Dios, en la cual el que reza bien vence a Dios. Rezar bien implica ante todo perseverar en la oración sin desalentarse: “Alegraos con la esperanza, sed pacientes en el sufrimiento, persistentes en la oración” (Rm 12, 12; Cf. Lc 11, 5-8, 28, 1-8, Col 4, 2; Ef 6, 18). Si pedimos insistentemente que se cumpla su voluntad, ¿qué puede hacer Dios?, si pedimos su gracia, ¿puede negarse? Podríamos comparar el “Déjame que ya amanece” con “-Veo que este pueblo es un pueblo testarudo. Por eso déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti sacaré un gran pueblo” (Éx 32, 10) y la oración de intercesión de Moisés[1].

(Sobre el tema de las dificultades-molestias, en la oración no podemos dejar de recomendar la lectura atenta de la “Carta XXI a Malcolm” de C. S. Lewis[2].)

Si tenemos en cuanta lo que dice la Carta a los Hebreos: “Durante su vida mortal dirigió peticiones y súplicas, con clamores y lágrimas, al que podía librarlo de la muerte, y por su cautela fue escuchado” (Hb 5, 7; Cf. Os 12, 5). Podemos poner en paralelo el Getsemaní, huerto de los Olivos (Lc 22, 39-46), con el vado de Yaboq, porque en ambos relatos se produce una pelea, una súplica, insistente, apasionada, doliente. Semejanzas: Es de noche, ambos protagonistas se apartan de los suyos, se quedan solos, se les aparece un ángel, acontece una lucha, una oración, un diálogo, se produce una herida, hay sangre. La diferencia reside en ¿contra quién se pelea? Jesús conoce su nombre y su misión, conoce a su Padre y confía en él, la respuesta viene dada por la indicación: cuando se levanta todavía domina el poder de las tinieblas (v. 53).





VIII. La mejor estrategia es dejarse vencer



“La noche de Jacob en el vado de Yaboq se convierte así, para el creyente, en un punto de referencia para entender la relación con Dios que en la oración encuentra su máxima expresión. La oración exige confianza, cercanía, casi un cuerpo a cuerpo simbólico no con un Dios adversario y enemigo, sino con un Señor que bendice y que permanece siempre misterioso, que aparece inalcanzable. Por esto el autor sacro utiliza el símbolo de la lucha, que implica fuerza de ánimo, perseverancia, tenacidad en el alcanzar lo que se desea. Y si el objeto del deseo es la relación con Dios, su bendición y su amor, entonces la lucha sólo puede culminar en el don de sí mismo a Dios, en el reconocimiento de la propia debilidad, que vence cuando consigue abandonarse en las manos misericordiosas de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, toda nuestra vida es como esta larga noche de lucha y de oración, de consumar en el deseo y en la petición de una bendición a Dios que no puede ser arrancada o conseguida sólo con nuestras fuerzas, sino que debe ser recibida con humildad de Él, como don gratuito que permite, finalmente, reconocer el rostro de Dios. Y cuando esto sucede, toda nuestra realidad cambia, recibimos un nombre nuevo y la bendición de Dios. Pero aún más: Jacob que recibe un nombre nuevo, se convierte en Israel, también da al lugar un nombre nuevo, donde ha luchado con Dios, le ha rezado, lo renombra Penuel, que significa «Rostro de Dios». Con este nombre reconoce que el lugar está lleno de la presencia del Señor, santifica esa tierra dándole la impronta de aquel misterioso encuentro con Dios. Aquel que se deja bendecir por Dios, se abandona a Él, se deja transformar por Él, hace bendito el mundo. Que el Señor nos ayude a combatir la buena batalla de la fe (cfr 1Tm 6,12; 2Tm 4,7) y a pedir, en nuestra oración, su bendición, para que nos renueve en la espera de ver su Rostro. ¡Gracias!”.



El Dios de Penuel es el Dios de Betel, el Dios del Sinaí, el Dios de Jesucristo. El Dios de la lucha es el Dios del sueño, el Dios de la alianza, el Padre. La pelea confirma la promesa de Betel (Cf. Gn 32, 10), como lo dice el Profeta:



“Tú, Israel, siervo mío; Jacob, mi elegido; estirpe de Abrahán mi amigo. Tú, a quien tomé de los confines del orbe, y llamé en sus extremos, a quien dije: «Tú eres mi siervo, te he elegido y no te he rechazado». No temas, que yo estoy contigo; no te angusties, que yo soy tu Dios: te fortalezco y te auxilio y te sostengo con mi diestra victoriosa…Porque yo, el Señor, tu Dios te agarro de la diestra, y te digo: «No temas, yo mismo te auxilio». No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel, yo mismo te auxilio –oráculo del Señor-, tu redentor es el Santo de Israel” (Is 41, 8-10. 13-14).



Penuel, el lugar, está lleno de la presencia (Cf. Ex 33, 18-23 y 34, 6-8; 1 Re 19, 9-15; Dt 34, 10; 5, 24; Jc 6, 22-24; Jb 42, 5), porque Jacob, el hombre, se experimentó en la presencia divina, o mejor, está lleno de la presencia de Dios. El nuevo hombre, Israel, hace nuevo el lugar, Penuel, de ser “lucha”, campo de batalla, pasa a ser “rostro”, espacio de encuentro, porque un “engañador” ha perdido su “máscara” y ha visto “su” rostro. Por eso la batalla se gana dejándose vencer, ambos triunfan y no por empate.

Israel en Penuel es como María Magdalena en el huerto (Cf. Jn 20, 11-18) reconoce a su desconocido Señor cuando pronuncia su nombre, intenta retenerlo, le dicen “suéltame”, porque amanece el nuevo y definitivo día de la Pascua (Cf. Gn 19, 23; Ex 14, 24). También en el corazón y la mente de Jacob amanece cuando el contrincante misterioso ya se ha ido, como en el relato de los discípulos de Emaús (Cf. Lc 24, 13-35). En los tres casos el Señor “desaparece”, Guigo II, el cartujo, dice refiriéndose al ocultamiento de la gracia:



“Pero ya está diciendo el Esposo: déjame, pues llega la aurora; ya has recibido la luz de la gracia y la visita que deseabas. Por tanto, dada la bendición, herida la articulación femoral y cambiado el nombre de Jacob en Israel, el Esposo tan largamente deseado se retira por un poco, alejándose rápidamente. Se sustrae en cuanto a la dulzura de la contemplación; pero permanece, sin embargo, presente, en lo que se refiere a la guía que sigue ejerciendo sobre el alma, a la gracia y a la unión”[3].



(En el libro segundo de sus homilías sobre Ezequiel, san Gregorio Magno al comentar el c. 40,4-5, después de hablar del paso-lucha de la vida activa a la contemplativa y viceversa, tomando la alegoría de las dos esposas de Jacob, Lía, que no ve, y Raquel, uniéndola a la imagen de la escala de Jacob, enseña:



“…en la vida contemplativa tiene el alma una grande lucha cuando se eleva a lo celestial, cuando tiende el ánimo a las cosas espirituales, cuando pone su empeño en sobreponerse a todo lo que corporalmente se ve, cuando se angustia por dilatarse. Es verdad que a veces vence las tinieblas de su ceguera y llega a dominar las que se le oponen, y así logra como furtiva y tenuemente algo de la luz infinita; pero, con todo, pronto vuelve a sí misma, llagada; y de aquella luz a la que, alentada, pasó, vuelve gimiendo y llorando a las obscuridades de su ceguera. Lo cual está bien figurado en la historia sagrada que narra la lucha de Jacob con el ángel (Gen 32), pues, cuando volvía a sus padres propios, topó en el camino con el ángel, con el cual libró una gran lucha. Pues bien, el que lucha en una contienda, a veces se halla superior, a veces inferior a aquel con quien lucha. Luego el ángel del Señor y Jacob, que contiende con el ángel, figuran el alma de cada cual de los perfectos, puestos a la contemplación. El alma, cuando pone su empeño en contemplar a Dios, como puesta en una contienda, a veces como que vence, porque se deleita entendiendo y sintiendo algo de la luz infinita; y a veces sucumbe, porque, aún deleitándose, de nuevo desfallece. Y como que es vencido el ángel cuando Dios es aprendido interiormente en el entendimiento”[4].



Juan Casiano en la Colación XII sobre la castidad pone en boca de Abba Queremon:



“Aquel, pues, que haya dejado ya el grado figurado por el místico Jacob, que significa ‘suplantador”, se elevará –libre de las luchas de la continencia, gracias a la destrucción total de los vicios- , al título glorioso de Israel, que significa ‘el que ve a Dios’. Su corazón no se desviará ya más de su dirección fija hacia lo alto”[5].



Y San Bernardo en la Tercera serie de sentencias dice, comentando un pasaje del Magnificat:



“Dios nos apacienta… para que al fin nos convirtamos en Israel, es decir, contemplativos. En la contemplación recibe, pues, a Israel su siervo. Mientras le llama, Jacob suda en trabajos y sirve con fidelidad a otro. Pero cuando regresa a casa de su padre con todo lo que tiene, entonces le ponen ya el nombre de Israel, porque el Señor recibe a Israel su siervo. Acoge al que vuelve de Mesopotamia en Siria, cansado de trabajos y miserias, pero con deseos de contemplar el rostro de su padre. Lo acoge para alimentarlo, formarlo y llevarlo a su presencia. Recibe a Israel su siervo, al humilde, no al soberbio; al lampiño, no al velludo; al pastor, no al cazador. Y ¿por qué lo recibe? Porque se acordó de su misericordia. Esta es la única razón de su acogida…”[6].)



Por la gracia la oscuridad es luz, la noche es día, el miedo es confianza, la cobardía es decisión, la debilidad es fortaleza, la herida es bendición, la máscara es rostro, el engaño es autenticidad, la lucha es oración, el Yaboc es Penuel, Jacob es Israel. ¡Bendito sea el Dios de Jacob ahora y por siempre! Amén.


Pedro Edmundo Gómez, osb.



[1] Cf. Benedicto XVI, Catequesis del miércoles 1 de junio de 2011.
[2] Cf. C. S. Lewis, “Carta XXI”, Si Dios no escuchase, Cartas a Malcolm, Rialp, Madrid, 2017, pp. 151-157.
[3] Guigo II, Scala Claustralium IX.
[4] San Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel II, 2, 12, Obras de San Gregorio Magno, BAC, Madrid, 1958, pp. 412-413.
[5] Juan Casiano, Colaciones XII, 11, Railp, Madrid, 1962, p. 71.
[6] San Bernardo de Claraval, Tercera serie de sentencias, n° 127, p. 411.