sábado, 15 de julio de 2017

BALLESTER PEÑA: "LOS DENARIOS QUE SE ME DIERON. LA VOCACIÓN DEL ARTISTA" II

La causa del mundo y su belleza es, entonces, necesariamente inteligente, y son buenas las cosas que placen pura y simplemente a una cualquiera de nuestras tendencias, y son bellas las que placen a la vista y al oído. Lo bello corresponde tan sólo a nuestras potencias superiores, y el placer de la belleza es un placer de las facultades superiores ordenadas al conocimiento, y se refiere, por consiguiente, al aspecto o al conocimiento del objeto en el cual aquellas tendencias puedan hallar un descanso. Cuando place la belleza, y esto no es nada nuevo, sensaciones de otra naturaleza -hablo del caso particular de las artes plásticas- pueden acompañar a las visuales y obrar sobre éstas en una especie de mezcla de impresiones que disponen, sin duda alguna, para experimentar mejor el goce de mirar.
Es claro, también, que las sensaciones que el hombre experimenta fuera de sus facultades superiores, carecen por sí solas de valor alguno estético, como las sensaciones visuales por sí solas no pueden constituir una verdadera sensación de belleza. Para que haya belleza se precisa el conocimiento de algo inteligible, y la percepción de esa belleza es una percepción del orden, de la armonía consustancial con la idea que se encarna en la materia; idea que, gracias a que es armónica, brilla sobre las partes proporcionadas. Consecuentemente, entonces, se desprende que, siendo la inteligencia a la que puede crear o percibir la armonía, el placer de la belleza es un placer de la inteligencia.
Siempre en este mismo marchar por los caminos trazados por Santo Tomás, se puede repetir aquello que el santo considera como caracteres indispensables a toda belleza. Dice Santo Tomás que los caracteres indispensables a toda belleza son el resplandor o claridad, la armonía o proporción; la integridad. Quiere decir entonces que la belleza de una parte cualquiera se considera en la proporción de su todo, y San Agustín dice que "toda parte que no conviene en su todo, es viciosa", lo que abona en el sentido de que el todo no puede existir si no está compuesto de partes que le son proporcionadas, y la buena disposición de las partes se toma por su comportamiento con el todo. De ahí que la belleza sea una relación constante de proporciones, iluminada por su forma.
Existen para cada arte reglas indispensables, a fin de que la obra corresponda a la categoría a que pertenece, como existen reglas generales que se aplican a todas las obras pertenecientes a las bellas artes. Estas obras, conforme a las anotaciones anteriores, requieren la unidad, la armonía, y el resplandor resultante de esta misma armonía, porque los cánones, las reglas, las proporciones, son únicamente funciones de la misma obra. La belleza, la recreación en fin, porque sin ello el problema estaría agotado con la primera formulación, debe ser viviente, y si la belleza es viviente, el arte, servidor de la belleza, también lo es. Para ello se requiere que la obra de arte sea animada; que se construya y organice según una idea directriz tomada de la realidad por abstracción, porque la belleza no está conformada a un cierto tipo ideal e inmutable, ya que, ni conocimiento sólo, ni sola delectación juzgan la belleza.
En resumen, el artista obra mediante una forma; una idea que le sirve siempre de modelo para la recreación, una forma tranquila que, al ser representada, contagia la obra por el resplandor de la forma, por la luminosidad del ambiente y, sobre todo, por la animación de la imagen.
Empero, para ser viviente no se precisa movimiento de formas, de líneas o color que son expresiones exteriores, sino volcar en cada pedazo de la materia recreada un pedazo del espíritu del artista. Es natural que el movimiento exterior de formas, líneas o color, pueda enriquecer la obra y agrandar la idea, pero no es indispensable, y estorba, en cambio, todo movimiento que, exagerado o no, rompa la unidad. Las obras de arte no son bellas por una manera vieja o nueva de expresar una idea, pues, como se ha dicho, los cánones, las reglas, las proporciones, son funciones de la obra misma, y las obras son bellas a su manera, y no respecto a cualquier forma antigua o nueva u original. Si el arte ha de ser viviente para que resplandezca la belleza, el artista debe buscar siempre servir una idea viviente, es decir, crear con su época, vivir con su época y servir a la eternidad con su época.

sábado, 8 de julio de 2017

BALLESTER PEÑA: "LOS DENARIOS QUE SE ME DIERON. LA VOCACIÓN DEL ARTISTA" I

El artista antes que artista es hombre; hombre con una vocación definida, que vive en una época. Y como es su vida misma la que entrega en su creación, se compromete sólo en su realidad presente, porque habiendo diferenciaciones -por ser distinta la manera de ser de cada época histórica- se imprime diferentemente su carácter.
Por tanto, el arte, manifestación más que precisa del tiempo, tiene que crear con el tiempo, y no con el pasado, sino en aquello que el pasado le entrega; y así debe ser porque el pasado le entrega su experiencia; pero no le imprime el carácter, que es privativo del presente.
Dentro de esta trayectoria trataré de justificar, si así conviene decir, mi posición tanto dentro del arte cristiano como de mis incursiones por el campo de las manifestaciones plásticas puramente profanas. Ambas trayectorias trato de unir en la realización de mi obra, porque ambas, a pesar de su aparente divorcio, son manifestaciones de la vida misma, y no tienen motivo para ser encasilladas en manierismos o en especialidades que sólo conducen a la funesta opinión de que únicamente puede haber religiosidad en la imagen de un mártir, y no en la vida misma del hombre.
Siendo pues, el artista -y lo doy ya por sentado- antes que artista, hombre, el artista de hoy lo será si está ubicado en el mundo, en este mundo actual, ya sea para seguir su curso de materia y destrucción, o elegir el de espíritu y vida. Ha de comprender, y luego luchar, por la conquista de su serenidad, don imprescindible para completar su destino y vocación. Necesita, como el soldado, sus armas de lucha, que son: el conocimiento de la materia, la artesanía, para el uso de sus herramientas, y sobre todo, el misterio de la Cruz, que confiere la fuerza y es principio de la serenidad: la Cruz, que es la plenitud de la austeridad.
Para cualquier acto que signifique esta conquista -y esto no es una apreciación ligera- es necesario comportarse como héroe. Aprisionar la belleza -como es un acto de conquista- es también, con todas sus variantes, un acto heroico, que necesita un comportamiento heroico. Las búsquedas, los fracasos, los triunfos, son siempre motivo de batallas ganadas o perdidas que siempre dejan enseñanzas en la vida del artista y abren caminos para, sobre ellos, marchar en procura de su más caro ideal: fundir su espíritu con la materia recreada.
Explican los escolásticos que la belleza es como el resplandor de la forma en las partes proporcionadas de la materia, y Santo Tomás distingue siempre el bien y lo bello; estudia el aspecto en que difieren y el aspecto en que se identifican. Como en Dios los atributos son idénticos, y por amor a su propia belleza y a su propia bondad es creador, o sea causa para extender y multiplicar sus atributos hasta donde sea posible en el ser creado, el bien y lo bello se fundamentan en una sola realidad: la idea, la forma manifiesta que cada ser encarna, significándose con ello que todo ser es bello porque en sí mismo realiza una idea. Así, en síntesis, sin entrar en el plano propio estético, del cual es preferible zafarse, sobre todo cuando se desea escribir sobre su propia obra, diré que la idea que el ser encarna debe ser síntesis, para que el artista pueda así hacerla vivir sin ropajes inútiles, que es lo propio de la naturaleza creadora.

Es muy natural también para la sensibilidad del hombre, que el mayor brillo o el calor de un astro o de una estrella, le detenga y le subyugue, pero es por propia particularidad sensible; por comparación con los elementos semejantes que le rodean y como un acto de distinción; pero nunca tiene la emoción y la grandeza de un cielo totalmente estrellado. Así, al contemplar la belleza, como al contemplar un cielo totalmente estrellado -que es vestigio de Dios-, si nos detenemos en lo ínfimo, no disminuye lo que de Dios viene, sino que disminuye la contemplación.

sábado, 1 de julio de 2017

Lectio divina y contemplación de/con un mural románico catalán de la Santa Cena (La Seu d'Urgell, s. XIII) Última parte

Sugerencia para profundizar:


      Considerar las relaciones Maestro – discípulo:
        Jesús y Judas
        Jesús y Pablo
        Jesús y Pedro
        Jesús y Juan

 Considerar las relaciones discípulo – discípulo:
        Judas y Pablo
        Pablo y Pedro (Juan)
        Pedro y Juan (Judas)
        Juan y Judas

sábado, 24 de junio de 2017

Lectio divina y contemplación de/con un mural románico catalán de la Santa Cena (La Seu d'Urgell, s. XIII) Sexta parte

Jesús: el Señor y Maestro

 
“Ustedes me llaman Maestro y Señor: y tienen razón, porque lo soy”. Juan 13, 13 (Cf. Mateo 23, 8-12).
“El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor! Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua” (Juan 21, 7).
“Después el Ángel me dijo: Escribe esto: Felices los que han sido invitados al banquete de bodas del Cordero. Y agregó: Estas son verdaderas palabras de Dios”. Apocalipsis 19, 9.

El Sentido – Orientaciónde los sentidos

“Esta lectura orante, bien practicada, conduce al encuentro con Jesús-Maestro, al conocimiento del misterio de Jesús-Mesías, a la comunión con Jesús-Hijo de Dios, al testimonio de Jesús-Señor del universo” (Documento de Aparecida 249) y a su contemplación.

Dice M. I. Rupnik:

“Lo que sucede sobre el altar, en la Eucaristía, se contempla de hecho en la comunidad que la celebra, porque lo que verdaderamente somos, es solo lo que somos en la Eucaristía. Y las paredes de la Iglesia recogen lo que sucede sobre el altar en la comunidad, imprimen este evento, lo absorben. Por eso la arquitectura y el arte en las paredes se convierten en autorretrato. Las paredes de la Iglesia son la tela sobre la cual la Iglesia pinta su autorretrato. Es más, es Cristo que por medio del Espíritu Santo dibuja el retrato de su esposa, la Iglesia. Justo así nace el arte de los cristianos, en una unidad orgánica con la liturgia y con la vida nueva, la vida divino-humana de la humanidad injertada en el cuerpo de Cristo”[1].

Concluimos con una cita de un monje benedictino inglés del siglo XII llamado Alejando de Cantorbery que comenta Ct 1, 4: “Me introdujo en la bodega”:

“En esta bodega se encuentran cuatro bordalesas (dolia) llenas de meliflua dulcedumbre, cuyos nombres son: simple historia, alegoría, moralidad, anagogía, esto es, inteligencia que tiende a las cosas superiores. Estas bordalesas se hallan ciertamente ordenadas: en primer lugar se halla junto a la puerta de la Escritura Santa la simple historia; luego la alegoría, esto es, la contemplación. Muy dulce bebida es la historia; pero más dulce es en la alegoría; dulcísima, empero, en la moralidad; incomparablemente mucho más dulce en la anagogía… La bebida que está contenida en la primera bordalesa son los ejemplos y gestas de los santos. Al aplicarnos a ellos, nuestras almas beben en cierto modo una gran dulcedumbre. En la segunda bordalesa, esto es en la alegoría, está la instrucción de la fe (fidei instructio); pues por la alegoría somos instruidos en la fe y somos imbuidos en el hombre interior por el sabor de una admirada suavidad. En la tercera bordalesa, esto es, en la moralidad, está la composición de las costumbres; pues por el sentido moral (per moralitatem) componemos nuestras costumbres (mores), y como restaurados por bebida de admirable dulcedumbre, nos manifestamos contentos y amables a nuestros prójimos. La bebida que está contenida en la cuarta bordalesa, aquélla que está en el ángulo, esto es en la anagogía, es cierto afecto suavísimo del divino amor, por cuya inefable dulcedumbre, cuando nuestra alma se restaura, en cierto modo se une a la misma suma divinidad. Por tanto cuando este bodeguero (cellarius) introduce a algunos en su bodega, esto es, en la Santa Escritura, del modo que dijimos anteriormente, les da a ellos de beber; a los más simples y rudos en la fe, y su amor les suele dar a beber de la primera bordalesa, esto es de la historia; a los más capaces les hace gustar de la alegoría, a los más perfectos de la moralidad, y a los perfectísimos, finalmente, de la anagogía, esto es de la contemplación”[2].


Addenda:

San Agustín de Hipona, Tratado 124 sobre el Evangelio de San Juan 5.7[3]

“Así, pues, la Iglesia tiene conocimiento de dos vidas que le han sido predicadas y encomendadas por divina inspiración, de las cuales una vive en la fe y la otra en la contemplación; la una en el tiempo de peregrinación, la otra en la eternidad de la mansión; la una en el trabajo, la otra en el descanso; la una en el camino, la otra en la patria; la una en el trabajo de la actividad, la otra en el premio de la contemplación; la una se aparta del mal para obrar el bien, la otra no tiene mal alguno que evitar y tiene un grande bien de que gozar; la una se bate con el enemigo, la otra reina sin enemigo; la una se hace fuerte en las adversidades, la otra no siente nada adverso; la una refrena las concupiscencias carnales, la otra se entrega a deleites espirituales; la una se afana por conseguir la victoria, la otra vive segura en la paz de la victoria; la una necesita ayuda en las tentaciones, la otra sin tentación alguna se goza en su protector; la una socorre al necesitado, la otra está donde no hay necesidades; la una perdona los pecados ajenos para que le sean perdonados los propios, la otra no tiene qué perdonar ni qué le sea perdonado; la una es sacudida por los males para que no se engría en los bienes, la otra por la plenitud de la gracia carece de todo mal para que sin peligro alguno de soberbia esté adherida al sumo Bien; la una debe discernir entre el mal y el bien, la otra sólo contempla el bien; en conclusión, la una es buena, pero aún llena de miserias; la otra es mejor y bienaventurada. Esta es figurada por el apóstol Pedro; aquélla, por Juan. Esta se desenvuelve totalmente aquí hasta el fin del mundo y allí encuentra su fin; aquélla será completa después de esta vida, pero en la otra vida no tendrá fin. Por eso se le dice a éste: Sígueme; de aquél, en cambio: Quiero que así, permanezca hasta que yo venga; ¿a ti qué? Tú sígueme. ¿Qué significa esto? ¿Qué ha de significar, según mis alcances y entendimiento, sino: Tú sígueme por la imitación, sufriendo los males temporales, y él quédese hasta que venga a daros los dones sempiternos? Más claramente puede decirse de este modo: Sígame una actividad perfecta, informada con el ejemplo de mi pasión; mas la contemplación, ya incoada, permanezca así hasta que yo venga, para completarla cuando yo haya venido. Sigue a Cristo la plenitud piadosa de la paciencia llegando hasta la muerte; mas la plenitud de la sabiduría, que entonces se ha de manifestar, permanece en este estado hasta la venida de Cristo. Aquí, en la tierra de los mortales, se toleran los males de este mundo; allí, en la tierra de los vivos, se contemplan los bienes del Señor. Pero en cuanto dice: Quiero que él permanezca hasta que yo venga, no ha de entenderse en el sentido de quedar o permanecer, sino en el sentido de esperar; porque lo que por él se significa, no se verificará ahora, sino cuando Cristo viniere. Mas en cuanto a lo que se significa por aquel a quien se dijo: Tú sígueme, si no se realiza durante esta vida, no se llegará a la vida que se espera. En esta vida activa, cuanto más amamos a Cristo, tanto más fácilmente nos libramos del mal; El, empero, nos ama menos en este estado, y nos saca de este estado para que no seamos siempre así. Allí nos ama más, porque ya no habrá en nosotros cosa que le desagrade y que tenga que arrancar; mas aquí no nos ama sino con el fin de curarnos y apartarnos de las cosas que El no ama. Luego nos ama menos aquí, donde no quiere que permanezcamos, y nos ama más allí, adonde quiere que pasemos y de donde no quiere que jamás caigamos. Ámele, pues, Pedro para que nos veamos libres de esta mortalidad, y sea amado por Juan para que seamos conservados en aquella inmortalidad…
7. Pero nadie separe a estos dos insignes apóstoles. Ambos estaban en lo que Pedro representaba y ambos habían de estar en lo que Juan figuraba. En figura le seguía aquél y permanecía éste; mas por la fe ambos toleraban los males de esta miseria, y ambos esperaban los bienes de aquella bienaventuranza. Y no sólo ellos, sino toda la Iglesia, Esposa de Cristo, hace esto para verse libre de estas tentaciones y guardarse para aquella felicidad. Estas dos vidas fueron figuradas por Pedro y por Juan, una cada uno; pero ambos temporalmente caminaron en ésta por la fe, y ambos gozaron de aquélla por la contemplación. Pedro, el primero de los apóstoles, recibió las llaves del reino de los cielos para atar y desatar los pecados a todos los justos pertenecientes inseparablemente al cuerpo de Cristo, para sostener el gobernalle de esta vida tempestuosa. Y en representación de esos mismos justos, destinados al pacatísimo seno de aquella vida secretísima, Juan el Evangelista estuvo recostado sobre el pecho de Cristo. Porque no solamente Pedro ata y desata los pecados, sino la Iglesia entera; como tampoco solamente Juan bebió en las fuentes del divino pecho que en el principio el Verbo Dios estaba en Dios y todas las otras cosas sublimes acerca de la divinidad de Cristo y de la Unidad y Trinidad de la divinidad, que en aquel reino se han de contemplar cara a cara, mas ahora, hasta que el Señor venga, son vistas como en un espejo y en figura, cosas que El dejaría escapar en su predicación. Mas también el Señor mismo difundió por todo el mundo su Evangelio para que todos, cada uno según su capacidad, bebiesen de él”.



[1]M. I. RUPNIK, “Arte como belleza de la fe y la vida consagrada como confesión gozosa de la misma”, en Profecía de amor, La Vida Consagrada, testimonio de misericordia, BAC, Madrid, 2015, pp. 62-63.
[2] ALEJANDRO DE CANTORBERY, PL 159, 707-708, citado por H. de Lubac, Exégèse Médiévale, Vol II, p. 637, traducción de J. SEIBOLD, La Sagrada Escritura en la Evangelización de América Latina, Tomo I, San Pablo, Bs. As. 1993, pp. 45-46, n. 51.
[3] CCL 36, 685-687. Obras de San Agustín XIV, BAC, Madrid, 1965, pp. 663-641.

domingo, 18 de junio de 2017

HOMILÍA DEL ABAD BENITO EN LA SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI


Sagrario obra de Ballester Peña (Museo de Arte Sacro)

La liturgia nos presenta lecturas distintas para los tres ciclos. Estás lecturas subrayan un aspecto particular de este gran misterio de la Eucaristía. Las de este año, Ciclo A, nos la presenta sobre todo como el alimento para avanzar por el camino del desierto de la vida hacia la tierra prometida del final de los tiempos.
Sería bueno entonces empezar por un análisis de las distintas hambres que padecemos hoy. Pero esto sería muy largo, veamos una en concreto sin pretender definir si es la principal. El mundo tiene hambre de unidad.
Hay desunión en el mundo entre las naciones; el Papa Francisco dice que estamos viviendo la tercera guerra mundial por sectores, tercera guerra mundial no menos peligrosa que las dos anteriores. Hay desunión, en algunos casos violencia entre distintas religiones. Hay desunión entre los que nos declaramos cristianos. La unidad perfecta no la encontramos en las parroquias, ni en las comunidades religiosas, ni en las familias.
“Padre que sean uno como Yo y Tu somos uno” Pero Jesús, además de rezar por la unidad, nos dio un medio para superar las divisiones: “Ámense unos a otros como yo los he amado”
Es la solución, es el mandamiento. Pero somos débiles y egoístas. Necesitamos el remedio. El remedio es una comida: el Cuerpo y la Sangre de Jesús.
El texto del Deuteronomio, que se proclamó, nos habla de la situación del Pueblo Elegido en el desierto. En ese largo peregrinar de 40 años el Pueblo tenía que tener claro de dónde había salido: la esclavitud de Egipto y hacia dónde iba: la Tierra Prometida, Pero debilitado, sin agua y sin pan, corría el riesgo de olvidar las dos cosas, Dios, compadecido, hizo brotar agua de la roca y lo alimentó con el maná.
Jesús en el evangelio nos dice que es Él el verdadero maná. El maná del desierto le sirvió al Pueblo para sostener sus fuerzas físicas. El maná, que es el Cuerpo de Cristo, nos da ya desde ahora la vida eterna y siembra en nuestro cuerpo la semilla de la resurrección.
San Pablo en la carta a los Corintios nos indica el primer efecto del comer el Cuerpo y beber la Sangre de Jesús: la unidad en Cristo: “Formamos un solo Cuerpo porque participamos de un único pan”.
San Agustín profundiza y desarrolla esta verdad. Cristo es la cabeza, los cristianos somos sus miembros. Los miembros no están separados de la Cabeza porque es un Cuerpo vivo. Cuando en la Eucaristía recibimos a la Cabeza, recibimos también a sus miembros, todos los bautizados. Allí se curan las heridas, allí se suturan las divisiones, allí se superan los egoísmos. La Eucaristía es antídoto de los egoísmos y fermento de unidad.

Cuando comulgamos con el Cristo que murió y resucitó por nosotros, comulgamos también con los mártires de hoy que también están muriendo por nosotros. Cuando comulgamos el Cuerpo de Cristo, clavado en la cruz por nosotros, comulgamos con todos sus miembros que hoy están sufriendo en distintas cruces; las cruces de las injusticias, las cruces de las víctimas de violencia, las cruces de los destierros, las cruces de las enfermedades. Cuando comulgamos con Cristo,”hecho pecado” por nosotros, comulgamos con nuestros hermanos con quienes compartimos el pecado para poder compartir la misericordia. Cuando comulgamos con Cristo, que se hizo en todo semejante a nosotros, compartimos con nuestros hermanos sus alegrías y esperanzas y sus sufrimientos y angustias. Cuando comulgamos con Cristo,  sentado glorioso a la derecha del Padre, comulgamos con la Virgen María y todos los santos, comulgamos con nuestros seres queridos que han muerto y ya están gozando en el cielo.

sábado, 17 de junio de 2017

Lectio divina y contemplación de/con un mural románico catalán de la Santa Cena (La Seu d'Urgell, s. XIII) Quinta parte

4. Juan, el discípulo amado-teólogo

 

4. 1. Juan reclinado sobre Jesús
Juan 13, 21-30. “Uno de ellos – el discípulo al que Jesús amaba- estaba reclinado muy cerca de Jesús… El se reclinó sobre Jesús y le preguntó: Señor ¿Quién es?”.
Juan 21, 20: “Pedro, volviéndose, vio que lo seguía el discípulo al que Jesús amaba, el mismo que durante la Cena se había reclinado sobre el Jesús y le había preguntado: Señor ¿Quién es el que te va a entregar?”
Juan 21, 21: Cuando Pedro lo vio, preguntó a Jesús: Señor, ¿y qué será de este? Jesús le respondió: Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué te importa? Tú sígueme”.
Juan 15, 1-11: “Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí”.

4.2. Juan descansa sobre Jesús
Salmo 131 (130) 2: “…yo aplaco y modero mis deseos: como un niño tranquilo en brazos de su madre, así esta mi alma dentro de mi” (Cf. Juan 14, 27-31; 2 Corintios 1, 3-7)
Cantar de los Cantares 1, 7: “Dime, amado de mi alma, dónde llevas a pastar al rebaño, dónde lo haces descansar al mediodía, para que no ande vagando junto a los rebaños de tus compañeros” (Cf. Apocalipsis 14, 13).
Cantar de los Cantares 2, 14: “Paloma mía, que anidas en las grietas de las rocas, en lugares escarpados, muéstrame tu rostro, déjame oír tu voz; porque tu voz es suave y es hermoso tu semblante” (Cf. Jn 14, 1-7).
Hebreos 4, 1-11: “Y aquel que entra en el Reposo de Dios descansa de sus trabajos, como Dios descansó de los suyos. Esforcémonos, entonces, por entrar en ese Reposo…”.

4.3. Juan duerme sobre Jesús
2 Samuel 12, 3: “El pobre no tenía nada, fuera de una sola oveja pequeña que había comprado. La iba criando, y ella crecía junto a él y sus hijos: comía de su pan, bebía de su copa y dormía en su regazo. ¡Era para él como una hija!”.
Cantar de los Cantares 2, 7: “¡Júrenme, hijas de Jerusalén… que no despertarán ni desvelaran a mi amor, hasta que ella quiera!”
Cantar de los Cantares 5,2: “Yo duermo, pero mi corazón vela: oigo a mi amado que golpea. ¡Ábreme, hermana mía, mi amada, paloma mía, mi preciosa! Porque mi cabeza está empapada por el rocío y mi cabellera por la humedad de la noche”.
Cantar de los Cantares 8, 5: “Quién es esa que sube desde el desierto, reclinada sobre su amado? Te desperté debajo del manzano, allí donde tu madre te dio a luz, donde te dio a luz la que te engendró”.

4. 4. Juan contempla a Jesús
Juan 20, 3-10: “Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro… Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó”.
Juan 21,1- 8: “El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor!”.
Juan 1, 1-2: “Al principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios”.
1 Juan 1, 1.4: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos” (Cf. Juan 21, 14).

4. 5. Juan se identifica con Jesús (Cf. Romanos 8, 28-30; Filipenses 3,21; 1 Corintios 15,49).
Juan 1, 9-14: “Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Cf. Apocalipsis 1,9)
Juan 19, 25-27: “Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien el amaba, Jesús le dijo: Mujer, aquí tienes a tu hijo”.
Juan 20, 11-18: “Jesús le dijo: No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre y al Padre de ustedes; a mi Dios y al Dios de ustedes”.
1 Juan 3, 1-2: “Queridos míos, desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”.

“quo tendas anagogia”
(la anagogía lo que has de esperar)
Sentido espiritual-anagógico
(místico o escatológico).
Esperanza.

Vía unitiva - Perfectos.