sábado, 19 de mayo de 2018

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTES. Guillermo de Saint-Thierry: El Espíritu sopla donde quiere



Mi alma miserable, desnuda, helada y aterida desea ser reconfortada por el calor de Tu amor. Por eso, para proteger mi desnudez, junto y coso cuantas telas encuentro. Y ni siquiera llego a recoger dos leños, como los de aquella sabia viuda de Sarepta (1), sino débiles yerbajos en la inmensidad de mi desierto, en la espaciosa vanidad de mi corazón para estar preparado cuando entre en el tabernáculo de mi morada con el puñado de harina y el vaso de aceite a fin de que pueda comer y morir. Más no moriré tan pronto. O mejor, Señor, no moriré, viviré para narrar las acciones del Señor (2).

Estando en pie en casa de mi soledad, como asno silvestre solitario, habitando en tierras saladas, abro la boca hacia ti, Señor, y aspirando el soplo de mi amor, aspiro el Espíritu. Y a veces, Señor, cuando estoy así ante ti y con los ojos cerrados, me pones en la boca del corazón lo que no me permites reconocer.

Sin duda percibo su sabor de manera tan dulce, suave y reconfortante que, si en mí se plenificara, ya ninguna otra cosa buscaría, pero tú no me permites advertir ni que visión corporal, ni por algún sentido del alma, ni por la inteligencia de mi espíritu, qué es lo que recibo.

Quisiera retenerlo y rumiarlo y juzgar su sabor, pero se aleja rápidamente. Por la vida eterna que espero, trago eso cuyo nombre ignoro.

Al rumiar largo tiempo su fuerza operante, desearía trasvasarla en mis venas y en el meollo de mi alma como un jugo vital, a fin de perder el gusto por todos los otros afectos y gustar sólo de ella y para siempre, pero rápidamente desaparece.

Cuando la busco, la recibo o la uso, me esfuerzo por confiar a la memoria los pocos rasgos que se han delineado más fuertemente y aún trato de ayudar a la memoria falible mediante la escritura. Pero entonces, por su misma realidad y por mi experiencia me veo empujado a aprender lo que en el Evangelio dices del Espíritu: “No sabe de dónde viene ni a dónde va”.

En efecto, todo aquello que confío con solicitud a mi memoria como imágenes apenas esbozadas a fin de poder volver a ello de alguna manera y allí recogerme cuando lo quiera, concediéndole este poder a mi voluntad cada vez que lo deseo, al oír la palabra del Señor: “El espíritu sopla donde quiere” (3). Encuentro muerto e insípido todo lo guardado pues experimento en mí mismo que el Espíritu sopla, no cuando yo lo quiero, sino cuanto Él lo quiere.

Hacia ti sólo, Fuente de Vida, debo levantar mis ojos para, sólo en tu luz, ver la luz. Hacia ti, Señor, hacia ti se vuelven hoy, y se vuelven siempre, mis ojos. Que hacía ti, en ti y por ti progresen todos los progresos de mi alma.

Que cuando desfallezca mi virtud, que es nula, que tras de ti vayan jadeando todos mis desfallecimientos. Pero, mientras tanto, ¿cuánto tiempo lo aplazarás, por cuánto tiempo se arrastrará mi alma hacia ti, ansiosa, miserable y anhelante?

Te ruego que me escondas en lo escondido de tu faz, lejos de las contiendas de los hombres. Protégeme en tu tabernáculo de la contradicción de las lenguas.



Notas:

(1) 1 Re 17,12  (cf. 1 Re 17, 9ss y Lc 4, 26)

(2) Sal 118,17 (salmo 117,17 en la liturgia = Vulgata)

(3) Jn 3,8.

domingo, 13 de mayo de 2018

ASCENSIÓN DEL SEÑOR



“Los mismos Ángeles se maravillaron de este misterio. Cristo Hombre, al que vieron poco antes retenido en una estrecha tumba, ascendía, desde la morada de los muertos, hasta lo más alto del Cielo. El Señor regresaba vencedor. Entraba en su templo, cargado de una presa desconocida. Ángeles y Arcángeles le precedían, admirando el botín conquistado a la muerte. Y, aunque sabedores de que nada corpóreo puede acceder a Dios, contemplaban sin embargo, a sus espaldas, el trofeo de la Cruz: era como si las puertas del Cielo, que le habían visto salir, no fueran lo suficientemente anchas para acogerlo de nuevo. Jamás habían estado a la altura de su nobleza, pero, después de su entrada triunfal, se precisaba un acceso todavía más grandioso. Ciertamente, a pesar de su anonadamiento, nada había perdido. No es un hombre el que entra, sino el mundo entero, en la Persona del Redentor de todos” (Ambrosius, De vera fide 4, 1; PG 16, 271).


“Y aquellos Espíritus que dudan porque aprecian en su Cuerpo los estigmas de la Pasión –de los que carecía cuando salió del Cielo- y preguntan: “¿Quién es este Rey de la gloria?”, tú les responderás: “Es el Señor héroe valeroso, héroe de la guerra”. Y si te preguntan, como en el diálogo del Profeta Isaías: “¿Quién es éste que viene de Edom, es decir, de la tierra?, ¿cómo es que está rojo su vestido y sus ropas como las del que pisa un lagar?”, entonces tú les mostrarás la veste de su Cuerpo, embellecida por los ornamentos de su pasión y de su Divinidad, como nunca brillaron de tanto amor y de tanta belleza” (Gregorius Nazianzenus, Oratio 45, 15; PG 36, 658)


Oración:  SALMO 24 (23)  LITURGIA DE ENTRADA EN EL TEMPLO


1 Salmo de David.



Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella ,

el mundo  y todos sus habitantes,

2 porque él la fundó sobre los mares,

él la afirmó sobre las corrientes del océano .

Condiciones para un verdadero culto

3 ¿Quién podrá subir a la Montaña  del Señor

y permanecer  en su recinto sagrado ?



4 El que tiene las manos limpias 

y puro el corazón;

el que no rinde culto  a los ídolos

ni jura falsamente :

5 él recibirá la bendición del Señor,

la recompensa de Dios, su salvador .

6 Así son los que buscan  al Señor,

los que buscan tu rostro , Dios de Jacob.

La entrada de Dios en su Santuario

7 ¡Puertas , levanten  sus dinteles,

levántense, puertas eternas ,

para que entre  el Rey de la gloria!



8 ¿Y quién es ese Rey de la gloria?

Es el Señor, el fuerte, el poderoso, 

el Señor poderoso en los combates .



9 ¡Puertas, levanten sus dinteles,

levántense, puertas eternas,

para que entre el Rey de la gloria!

10 ¿Y quién es ese Rey de la gloria?

El Rey de la gloria

es el Señor de los ejércitos .

sábado, 5 de mayo de 2018

El icono de la Deesis o Deisis


“Un icono de las Iglesias orientales, que comienza a ser redescubierto por sus hermanas de Occidente, expresa muy adecuadamente este misterio orante de la Iglesia en el Pentecostés de los últimos tiempos: es el Icono de la Deesis (Literalmente ‘súplica’, ‘ruego’,’ petición’).
En el centro,  Cristo tiene en una mano el rollo de la historia (El Cordero crucificado y resucitado) y con la otra bendice al mundo (la efusión del Espíritu Santo): es siempre en la Ascensión donde se revela y se realiza el misterio de la Misión. A un lado y a otro, la Virgen María y Juan Bautista, con las manos abiertas y extendidas, no son más que oración, intercesión, gemido del Espíritu. María esta siempre aquí, Iglesia de la Visitación de Dios entre los hombres; pero Aquel que ella llevó y aquel que quedó lleno del Espíritu Santo están ahora en la Liturgia Eterna. ‘Bienaventurada tu que has creído…’ (Lc 1,45),  es la Bienaventuranza de la Iglesia, porque su Compasión no puede no dar su fruto eterno”
(Jean Corbon, Liturgia Fontal, Misterio-Celebración-Vida, Palabra, Madrid, 2009,  p 258).